El Embrujo del Adviento

EL EMBRUJO DEL ADVIENTO


 Para gustar del Adviento tenemos que permitir que nuestros sentidos entren en armonía con todo lo que acontece a finales de noviembre y principios de diciembre en nuestro hemisferio norte: el verano queda ya muy muy lejos; casi nadie recuerda ya aquellos calores de julio y agosto, hablar de chiringuitos y granizados de café resulta fuera de lugar. No. Ahora empezamos a sentir frío, vamos sacando, si no lo hemos hecho ya, la ropa gruesa de nuestros armarios, y con una cierta melancolía nos resignamos a ver cómo cada vez oscurece antes y oscurece mucho, cómo se nos va la luz natural obligándonos a ayudarnos con la fuerza, un tanto prosaica, de la luz artificial. Las hojas caen a sus anchas, apetece una buena taza de té o de café. Se aprecia más que nunca lo confortable del hogar. Estamos en otoño, diríamos que todo decae, que el mundo se nos va muriendo, que se apagan esa vida y esa fuerza que la lejana primavera parecía anunciar como invencibles.

 

Pues bien, en medio de ese otoño percibido como agridulce, precursor de un descenso todavía mayor a la oscuridad de un frío hostil e impertinente, los cristianos somos convocados a la vigilia y a la preparación de la gran fiesta del sol naciente. El Adviento es, pues, tiempo de espera y de esperanza. Es negación de la persistencia inevitable de lo decadente, es descubrimiento e intuición de la vida que surge misteriosamente desde el fondo de aquello que a primera vista es negación y muerte.

 

En el Adviento esperamos una venida, acariciamos también una presencia, nos inquietamos ante lo que podría parecer un gélido vacío. El Adviento es un tiempo fuerte que nos quiere hacer fuertes avivando en nosotros la ilusión de la promesa.

 

Este tiempo tan hermoso, humilde y elegante al mismo tiempo, tiene su propia fisonomía en la liturgia de la Iglesia y en el contenido espiritual que expresa cada día -sobre todo, cada domingo– la Palabra proclamada. Veamos.

 

Al Adviento le sienta bien el color morado. Un color que aquí no evoca ni significa tristeza sino sobriedad, comedimiento; la esperanza requiere atención y vigilancia, y no casa con explosiones de color que podrían desembocar en banales distracciones. Quiere el Adviento más a las plantas de señorial hoja verde que a esas exuberantes flores ebrias de color y de olor.

 

Costumbre centroeuropea, últimamente estamos también los mediterráneos adoptando durante el Adviento el símbolo de la corona. Diseñada con libertad por cada uno, esta rueda verde en la que se incrustan cuatro velas, nos permite recordar rítmicamente que vamos caminando, a buen paso, hacia la plenitud de luz que terminaremos por descubrir en esa estrella deslumbrante que duerme sobre unas pajas en el portal de Belén.

 

Durante estos casi treinta días, la comunidad no canta el Gloria. No porque esté triste, sino porque prefiere guardar todas sus energías para que, a partir de la noche santa, resuene el chorro de voz de los que, más que cantar, gritan: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz…

 

Al Adviento no le pega un nacimiento. Pero sí tiene sus propias figuras que, como las de los belenes, quieren y piden ser contempladas: los profetas, sobre todo, Isaías; Juan el Bautista, de vigor arrollador. Y más que ninguna otra, la figura de María. Una Virgen María expectante, admirada, iluminada por el Espíritu, una pizca desconcertada. María, icono de esperanza firme, de fe recia, y servicio eficaz. También Isabel y su marido Zacarías, aunque en otro plano, pueden ayudar a vivir el Adviento. Y, con más dignidad que perplejidad, José, con su fe “difícil”, completa un panorama de figuras imprescindibles para hacer plástica nuestra espera, para que viéndolos a ellos aprendamos lo que es la esperanza, incluso cuando parece que hay poco que esperar.

 

El Adviento tiene también su música. Una música suave: el arpa, el órgano o la flauta, nos debería acompañar alejándonos de toda estridencia, y también cantos insistentes, reiterativos, bien armonizados, para empujarnos y zarandearnos, para ponernos en movimiento, para obligarnos a iniciar el camino que conduce a Belén.

 

Y además –y quizás, sobre todo- el silencio. Tiempo de Adviento, tiempo de silencio. Para que no se oiga más que al Espíritu, para que él nos cubra también con su sombra y nos haga fecundos, es decir, capaces de engendrar y de dar a luz a Cristo. Un silencio que no es mera ausencia de palabras, que no es mutismo estéril y sin esperanza, sino promesa de fecundidad para la palabra que hemos de pronunciar cada día. Ese silencio que permite captar el susurro de Dios cuando nos habla, porque Dios no nos habla nunca a voces; no quiere, al parecer, ahogar nuestra palabra, sino que nos anuncia sus novedades callando, callando, como si tuviera miedo a nuestro rechazo.

 

Adviento: Dios ha venido, Dios viene, Dios vendrá. Adviento: audacia de los que le han descubierto cerca, le han añorado lejos, y le vislumbran por doquier. Audacia porque una vez encontrado, sin dejar de esperarlo, no queda otro remedio que ofrecerlo como don para la creación en libertad, como posibilidad de apropiación de lo nuevo, como victoria sobre todos los miedos.

 

No deterioremos el Adviento, dejémoslo ser lo que es: humilde y elegante espacio para mirar a un horizonte abierto y lleno de promesas. Y sobre todo, no cometamos la torpeza de ignorar o “puentear” al Adviento. Él nunca será un rival de la Navidad, sino todo lo contrario: su servidor, su pórtico, su introductor, su amigo siempre dispuesto a disminuir para que ella crezca.