La Misa es una fiesta muy alegre

La misa es una fiesta muy alegre

 Raúl del Toro (en InfoCatólica)

Este es el título de una canción que en la parroquia de mi infancia y adolescencia solía ocupar el lugar del introito en las llamadas misas de niños  (algún día hablaremos de esta singular aportación psicopedagógica a la Economía de la Salvación). El texto comenzaba así: La misa es una fiesta muy alegre, la misa es una fiesta con Jesús. 

Me vino esto a la memoria al leer una entrevista al sacerdote carismático brasileño Marcelo Rossi. El padre Rossi, junto con algunas ideas un tanto discutibles, dice cosas con muy buen sentido. Pero lo que más me llamó la atención fueron sus propuestas respecto a la música litúrgica: No hay que cambiar la liturgia, sólo la música. La misa necesita alegría, y la música alegre hace participar. Sin duda el padre Rossi dice esto con la mejor de las intenciones, y me consta que hay muchos católicos que coinciden plenamente con él. 

Nadie duda de que la fe ha de ser alegre, y de que el conocimiento y la aceptación de la salvación operada por Cristo debe producir ante todo una profunda y agradecida alegría. Ahora bien, ¿estamos de acuerdo en cómo deba ser esa alegría?

Da la impresión de que para muchas personas la palabra “alegría” acaba asociándose fácilmente a conceptos como “divertido”, “ameno” o “no aburrido”. 

Muchos sacerdotes que procuran aplicar fielmente en sus parroquias las disposiciones de la Iglesia en cuanto a liturgia y música litúrgica conocen perfectamente las dificultades y malentendidos pastorales en este campo. No ya el gregoriano o la polifonía más exquisita: cualquier canto que no se ajuste a los paupérrimos estándares que en cuanto a texto y música se han hecho habituales en las últimas décadas es rechazado por no pocos fieles como “incomprensible”, “aburrido”, “poco popular”, “demasiado serio”, “triste”, y, sobre todo y lo más temible, vaciador de iglesiasCuriosamente suelen merecer este juicio los cantos más fieles a la ley y el espíritu de la liturgia católica.

Vengamos un momento a la doctrina católica sobre la Eucaristía. Entre la infinidad de referencias posibles, podemos fijarnos en el número 1367 del Catecismo de la Iglesia Católica, que repite la doctrina de siempre tomando las palabras con que a su vez la recordó el Concilio de Trento:

El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “La víctima es una y  la misma. El mismo el que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, el que se ofreció a sí mismo en la cruz, y solo es diferente el modo de ofrecer” (Concilio de Trento: DS 1743). “Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz “se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento"; […] este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio” (Ibíd).

De modo que la celebración de la Misa es el mismo y único sacrificio de Cristo en el Calvario. Para describir este momento sublime se me ocurren muchos adjetivos: liberador, trágico, asombroso, inesperado, increíble, cósmico… pero desde luego no “divertido”, ni “ameno”, ni cosa que se le parezca. 

Hay además otro punto que merece atención: esa preocupación por fomentar a toda costa un sentimiento de alegría. Los Evangelios nos dicen que Jesucristo, Dios y hombre perfecto, no sintió siempre alegría. Lloró con la muerte de Lázaro, fue iracundo con los mercaderes del Templo, se enfadó severamente cuando era necesario para corregir a los que le oían, y su alma estuvo triste hasta la muerte durante la espera angustiosa en el Huerto de los Olivos.

Esa pretensión de que el estado psicológico del cristiano en las celebraciones deba ser siempre de entusiasmo y diversión, fomentado si es necesario con bailes, gritos, palmas y saltos, no responde a la verdad ni desde el punto de vista  meramente antropológico ni desde el punto de vista teológico-espiritual. 

Veamos algunas de las antífonas de entrada del Misal Romano y del Ordo Cantus Missae de 1972. Aunque en el Misal Romano no aparecen para ser cantadas sino con el fin de suplir la falta de canto, en su mayor parte presentan el mismo texto que las antífonas del Ordo Cantus Missae, que a su vez retoma el repertorio gregoriano. Los testimonios más antiguos conocidos de estas antífonas gregorianas sobrepasan los mil años de antigüedad, y hay poderosas razones para afirmar que su origen está bastante más atrás en el tiempo. Recordemos también que, a diferencia de tantos cantos popularizados actualmente, el texto es siempre Palabra de Dios.

Aunque casi nadie las cante hoy día y sean las grandes ausentes de la misa dominical -precisamente cuando hay canto-, merecen la máxima atención como exponentes de la auténtica liturgia de la Iglesia. He preferido hacer la selección entre las del Tiempo Ordinario por la mayor “neutralidad” afectiva de este tiempo litúrgico respecto a los tiempos fuertes (Cuaresma-penitencia, Pascua-alegría, etc.)

Domingo IX: Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido. Mira mis trabajos y mis penas y perdona todos mis pecados, Dios mío. 

Domingo XI: Escúchame, Señor, que te llamo. Tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación. 

Domingo XVIII: Dios mío, dígnate librarme: Señor, date prisa en socorrerme. Que tú eres mi auxilio y mi liberación: Señor, no tardes. 

Domingo XXI: Inclina tu oído, Señor, escúchame. Salva a tu siervo que confía en ti. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día.

Domingo XXVI: Lo que has hecho con nosotros, Señor, es un castigo merecido, porque hemos pecado contra ti y no pusimos por obra lo que nos habías mandado; pero da gloria a tu nombre y trátanos según tu abundante misericordia. 

Obviamente no todas las antífonas de entrada tienen este tono. Hay muchas otras que sí expresan más claramente un estado de alegría, pero si cito estas es para demostrar lo infundado de algo así como una risa permanente en la liturgia.

Es inútil agotarse en la discusión sobre los detalles de cómo deba ser técnicamente la música sacra si antes no se fijan los fundamentos teológicos y espirituales de la vivencia litúrgica. Uno de los grandes peligros hoy en día es que la liturgia sea reducida a una herramienta que hay que adaptar y modificar en función de otros objetivos: ya sea la búsqueda de esa “alegría” externa que será más “eficaz” en la evangelización, o el que venga más gente a la iglesia, o que no dejen de venir los que vienen, o que no se aburran los niños, o los jóvenes, o que las celebraciones sean “alegres”, “divertidas” y “participativas”… Objetivos más o menos buenos, pero siempre centrados en el hombre, en la comunidad, siempre de tejas abajo. Y lo peor: que no muestran una actitud de humilde recepción de la liturgia tal y como la establece la Iglesia, aceptándola como acción de Dios en el hombre y a través del hombre. 

Nosotros no sabemos rezar, ante Dios sólo somos capaces de balbucear. La liturgia nos enseña a orar como Dios quiere, y no como queremos nosotros.

Vienen al pelo las palabras de Benedicto XVI en la audiencia de ayer miércoles: Dios nos ha dado la palabra y la sagrada liturgia nos ofrece las palabras; nosotros debemos entrar en el interior de las palabras, en su significado, acogerlas en nosotros, ponernos en sintonía con estas palabras; así nos convertimos en hijos de Dios, similares a Dios.