RASGOS DE LA CELEBRACION CRISTIANA

 


Es curioso observar que nuestras asambleas cristianas son el único grupo que se reúne para cantar de manera regular y periódica, sin pertenecer a ninguna entidad dedicada a ello. 


Esto, aparte de tener un gran valor cívico y cultural, da a nuestro canto y también a los espacios de sola música y a los silencios significativos una peculiaridad merecedora de análisis y reflexión. 

¿Por qué cantar en la celebración litúrgica? ¿Qué tienen, qué son nuestras celebraciones cristianas para que allí el canto haya de obtener un papel visible, una importancia que no se le da de ésta manera y con tal intensidad en ninguna otra reunión? 

La respuesta es bien sencilla: 

a) Porque las asambleas litúrgicas no son reuniones de instrucción, debate, reflexión, ni siquiera de plegaria personal. Pueden tener elementos de todas éstas cosas, pero sobre todo son encuentros celebrativos, acontecimientos simbólicos que nos hacen traspasar el nivel de la vida ordinaria, reforzándola y reanimándola más allá de nuestros horizontes habituales, viviendo las realidades con el corazón y no sólo con el cerebro, y nos hace sentirnos miembros de una comunidad. 

b) Porque nuestras celebraciones son religiosas, nos llevan a vivir más intensamente el encuentro con Dios y su presencia que tanto cuesta descubrir en la superficialidad de la vida ordinaria. 

c) Por ser cristianas, más allá de la experiencia religiosa universal, es Jesucristo el centro de todas nuestras celebraciones: el acontecimiento estelar de su misterio pascual, su mensaje, su llamada a anunciar su evangelio, a transmitir el amor, la paz y la justicia. 

d) Por ser celebración sacramental, hace presente con la mayor intensidad la acción salvadora de Cristo en medio de su Iglesia, que es convocada en torno a su Señor, principalmente en la eucaristía y a lo largo del año litúrgico vive y actualiza los distintos aspectos del misterio en los diversos tiempos. 

e) Toda ésta riqueza e intensidad celebrativa hace que los valores humanos de la música y el canto no sólo no queden anulados y amortiguados por la liturgia, sino asumidos, potenciados y ennoblecidos, purificándolos cuando es necesario, de otros negativos contravalores orgiásticos e indignos o inadecuados para la reunión litúrgica de los cristianos. 

f) En la dinámica interna de la asamblea cristiana y en íntima conexión con dos de sus valores fundamentales, la palabra y la comunidad, se pueden esbozar las dimensiones teológico-litúrgico-pastorales del canto, las exigencias que de ellas lógicamente se derivan, y así analizar los valores específicos de la música en la liturgia cristiana.