Ficha Técnica Caras y Lugares

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CINEFORUM DE VALORES (VIII TEMPORADA, 38.ª SESIÓN)

 

 “Caras y lugares”

 

11 de noviembre de 2018 a las 18:00 horas

 

FICHA TÉCNICA   

Dirección: Agnès Varda, JR. Guión: Agnès Varda, JR. Duración: 89 mins. País: Francia. Año: 2017. 

SINOPSIS 

La directora de cine Agnès Varda (Bélgica, 1928) y un fotógrafo, muralista y artista visual (París, 1983), de cuyo nombre solo se desvela las iniciales, JR, se unen en un proyecto artístico consistente en un viaje extraordinario y sorprendente por diversos parajes de la campiña francesa, a modo de película de carretera o “road movie” rural, basado en el azar y la creatividad. Ambos experimentarán el contacto con la gente y forjarán una amistad basada en sus diferencias y el sentido del humor, enseñándonos que la imagen debidamente configurada también esconde una potencialidad de humanizar las relaciones humanas. 

VIVENCIA INDIVIDUAL Y EXPERIENCIA COLECTIVA: LA SIMBIOSIS PERFECTA 

Agnès Varda es una afamada representante de la “Nouvelle Vague”, movimiento cinematográfico experimental nacido en los años 50 del siglo pasado que reivindica la simplicidad técnica, la libertad narrativa y la espontaneidad realista, incidiendo en los aspectos psicológicos e íntimos de los personajes. La cineasta y JR se adentran en el país a bordo de una furgoneta mágica, una suerte de “fotomatón” enorme que imprime fotografías de gran formato tomadas por el segundo y que un equipo de colaboradores irá colocando en distintos espacios públicos. Por ello no debe pasar inadvertida la localización de los personajes, clave para aprehender su identidad: indagar en el contexto consiste en conectar los lugares con las personas que los habitan. 

Por otro lado la intensa relación entre ambos artistas, tan diferentes entre sí y jalonada por bromas sorprendentes, los convierte en maestros, amigos, confidentes. El chispeante humor, entreverado de cariño, trasluce la posibilidad (y necesidad) de una sana convivencia entre elementos opuestos, tan habitual en la vida cotidiana: veteranía y juventud; divertimento liviano y seriedad filosófica; excentricidad y jovialidad; felicidad y melancolía… La edad avanzada de la cineasta nos acerca a la cuestión de la vejez y la proximidad de la muerte, que, sin embargo no obsta al disfrute deleitoso de la vida y de todas las alegrías que nos puede proporcionar. Jamás el desencanto de los años debe ser un impedimento para la capacidad de conmoverse, nos enseña Varda. 

Todos los espacios físicos comparten la tristeza del abandono ruinoso, del olvido ignorante y en última instancia de la negación existencial. Sin embargo con sus revolucionarias arquitecturas visuales ambos protagonistas intentan por el contrario revalorizarlos en su dignidad. Se trata de transmitir mensajes de un profundo significado y carga simbólica que plasman una idea, una añoranza o una reclamación de quienes quizá carecen de otro mecanismo para situar sus aspiraciones en la arena pública y cambiar la realidad. La despoblación rural, la soledad, el maltrato animal, el anonimato, la pobreza, la opresión del débil por los poderosos, la minusvaloración de la mujer, entre otros, integran esta galería de llamamientos dolorosos a abrir los ojos frente al bienestar acomodaticio, mercantilizado y opulento que solo beneficia a algunos. 

No nos hallamos por tanto ante un mero diálogo intergeneracional de dos artistas o un retrato costumbrista de la Francia rural. Ambos elementos, indudablemente presentes, constituyen el telón de fondo para una sincera aproximación a un elenco de personajes anónimos en su vertiente personal, social, afectiva, emocional y psicológica. La calidez del encuentro con el otro elimina cualquier sombra de cinismo colectivo, tan frecuente en la sociedad de hoy, y revierte la inevitable tendencia de muchos a la misantropía, recurso para quienes se quieren proteger de un mundo hostil.

 La película se adentra pues en la poderosa facultad de la imagen para retratar nuestras vidas a través de un ramillete de historias encarnadas en personas desconocidas de la Francia anónima, sin artificiosidad ni exhibicionismo. Varda interpela a sus interlocutores desde una posición de igualdad, homenajeándolos al cubrir las fachadas de sus casas o lugares de trabajo con retratos gigantes de ellos mismos. La frescura de sus rostros, gestos y miradas nos rescata a estas personas, desprovistas de voz, del injusto olvido de lo cotidiano, tan propio de nuestra civilización globalizada bajo el imperio de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías. Las personas confieren sentido al mundo; de ahí que se apele al pueblo en sus estratos más diversos e humildes. Exmineros, camareras, agricultores, trabajadores de fábricas y esposas de estibadores portuarios son elevados a la categoría de héroes y mitos de la más valerosa de las aventuras, sus propias vidas, en lucha por la dignidad en un entorno difícil. 

De este modo lo privado deviene en público, y viceversa, permitiéndonos ejercitar una facultad inherente al hombre como ser social: la toma de conciencia moral de que siempre hemos de relacionarnos interpersonal, recíproca y solidariamente con el prójimo. La abnegación, la nobleza y la invocación del espíritu colectivo constituyen valores ensalzados, trasluciendo un enfoque humanista radical teñido de dulzura que no rehúye los grandes conflictos sociales de nuestro tiempo.

 LA IMAGEN: PATRIMONIO COMÚN Y MOTOR DE LA ACCIÓN 

La imagen se nos presenta como arte expuesto, enseñado y compartido, a través de la fuerza estética de lo sencillo, plagado no obstante de narratividad inagotable. En este proceso el azar deviene en la causa motriz de todo un precipitado de vivencias y testimonios en el que el diálogo se perfila como el mejor método para el entendimiento. La fotografía posibilita la confluencia del recuerdo personal y la memoria histórica, como en el supuesto de las ruinas del búnker alemán de la II Guerra Mundial anclado en una playa de Normandía, sobre la que Agnès sitúa la instantánea de un antiguo amigo suyo, el fotógrafo Guy Bourdin, tumbado sobre las ruinas de una casa. ¿Ruina personal o vestigio del pasado?

 La imagen no se reduce a la percepción visual, sino que también es escuchada e imaginada. Aquí estriba el poder de la imaginación, ya que se integra en nuestra conciencia y deviene en idea motora de la acción. ¿Acaso no puede sernos de utilidad para nuestra praxis como cristianos? 

En definitiva las singularidades de cada persona, insoslayables e imprescindibles, no deben hacernos olvidar que todos formamos parte de un proyecto colectivo, la humanidad. Un acercamiento a sus oquedades más recónditas e insignificantes, con sus pliegues insoslayables, puede ser a buen seguro un excelente instrumento para una mejor comprensión de las complejas realidades humanas y construir así una concordia factible entre todos.