El Apóstol

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CINEFORUM DE VALORES (VII TEMPORADA, 34.ª SESIÓN)

 

 “El apóstol”

 

25 de febrero de 2018 a las 18:00 horas

 

FICHA TÉCNICA   

 

Dirección y guión: Cheyenne-Marie Carron. Duración: 114 mins. País: Francia. Año: 2014.

 

SINOPSIS 

Akim es un joven musulmán francés de origen argelino cuya piadosa familia le ha reservado el honorable proyecto de convertirse en digno sucesor de su tío, imán de la ciudad. Pero un día se conmueve ante un gesto de caridad protagonizado por un sacerdote católico y se despierta su curiosidad por conocer el cristianismo. Akim comienza su indagación de forma clandestina, ya que su hermano y su tío, musulmanes fervorosos, recelan de cualquier contacto con el cristianismo. Sus pesquisas lo llevan a encontrarse naturalmente con varios católicos, incluido el sacerdote que despertó su interés, hasta desembocar en una alegre y trágica conclusión. 

“ME HALLARÉIS CUANDO ME BUSQUÉIS DE CORAZÓN” (Jr. 29, 13) 

El proceso de conversión, columna vertebral de la película, surge a menudo del testimonio de otras personas comunes que, como el sacerdote católico, traslucen conductas ejemplares (difícilmente asumibles desde una óptica estrictamente humana) gracias al abrazo de la figura de Jesús. Perdonar es ayudar a vivir, sanando al pecador y restableciendo su humanidad. Y este gesto de caridad, con clara reminiscencia de la parábola del buen samaritano y que toca el corazón, se erige en el punto de arranque de la transformación interior del protagonista. 

Enfrentado a la incomprensión de su comunidad y de su familia, Akim habrá de afrontar una profunda crisis interior: su alma se siente interpelada pero no entiende que ese amor pueda ser para él. Sin embargo logra transitar hasta la asunción de sus nuevas circunstancias mediante un testimonio de fe y reconciliación, merced también a la confluencia con otras personas inmersas en su misma situación. Descubrimos de la mano del protagonista, maravillado por la figura de Jesús con motivo de la asistencia casual a un bautizo, a la revelación de la belleza del cristianismo: la caridad cristiana, el don del perdón y la misericordia. La evolución en su camino de conversión, vivido como un auténtico enamoramiento, supone alcanzar de nuevo la fe, la esperanza y la alegría, experimentados como el placer de dar a quien lo necesita sin importar su origen. Junto con la reconciliación también la oración se hace presente, evolucionando en Akim como recurso para hallar consuelo y respuesta. Dios es amor incondicional, un Dios lleno de afecto por nosotros que jamás nos dejará solos. Por eso nos mandó a su único hijo, Jesús, para salvarnos. 

LA TOLERANCIA RELIGIOSA 

La cuestión de fondo, planteada con valentía, no está exenta de polémica y de preocupante actualidad, ahora que la persecución religiosa ha dejado de ser una vestigio histórico. Mientras que no existe problema en que un católico reniegue de sus convicciones religiosas, el Islam considera la apostasía un grave delito castigado con la muerte o, en el mejor de los casos, la vergüenza pública y el abandono de su lugar de residencia. 

Por tanto defender la tolerancia religiosa y retratar la conversión al catolicismo de un joven musulmán no son tareas fáciles sin minusvalorar el Islam o incurrir en un velado ejercicio de provocación o proselitismo cristiano. Es inevitable pensar que la fe islámica resulta ensombrecida por la católica, en tanto que la sustituye en la persona de Akim. Sin embargo la película huye de un discurso islamófobo de cariz eurocéntrico. En efecto retrata favorablemente y con naturalidad la vida y costumbres de la comunidad musulmana (sus cinco pilares) en Francia de forma muy alejada del estereotipo negativo y fundamentalista al que por desgracia estamos habituados, propiciando así la cercanía cómplice del espectador. Tampoco todos los personajes de credo islámico reaccionan de forma tan airada como el hermano de Akim (v. gr. sus padres, tío y hermana). En suma el enfoque simplista de confrontación entre ambas religiones (fanatismo vs. ternura) cede ante la primacía de la libertad y el respeto mutuo. Más aún, en un mundo desgarrado por la violencia se vislumbra un mensaje de esperanza: frente a la exaltación del amor de Dios como salvador todos los hombres sin excepción estamos llamados a responder desde la intimidad de nuestro ser. 

La existencia de sociedades multiétnicas y plurirreligiosas obliga a un mínimo común ético: tales valores globales arrancan de las tradiciones milenarias religiosas y filosóficas de la humanidad[1]. Ya en 1993 se llegó a la proclamación de la “Declaración sobre una ética mundial del Parlamento de las religiones del mundo”, que expone no sólo una ética mundial programática sino que exige expresamente la formulación completa de deberes o responsabilidades humanas. Dicha declaración descansa sobre dos exigencias fundamentales de la humanidad: “cada persona tiene el deber de tratar a todas las personas humanamente” y “no hagas a otro lo que tú no quieres que te hagan a ti”. Sobre ellas se pueden construir cuatro recomendaciones inamovibles: no violencia y respeto a toda vida; solidaridad y orden económico justo; tolerancia en la verdad; e igualdad de derechos y buena relación entre hombre y mujer.

 

TODOS LOS CREYENTES, CONSTRUCTORES DE LA PAZ 

Específicamente el Concilio Vaticano II en “Gaudium et spes” señala (78-83) que en la vía personal la paz ante todo es fruto del amor, y los cristianos tienen obligación grave de cooperar en su construcción. 

Sin embargo todas las religiones ofrecen un horizonte de “vida buena” y trascendente en comunión con Dios, yendo mucho más allá de un mero proyecto ético común a todos los hombres. Pero precisamente por anidar en el corazón de las personas, permiten hacer realidad dicho proyecto con mayor ambición, profundidad y autenticidad. Por tanto, las religiones no deben ser obstáculo sino aliados altamente cualificados en la consecución de un mundo más justo, afectuoso, pacífico, igualitario y libre. 

Todos estamos invitados a replantearnos los cimientos de nuestra fe, recuperando el auténtico y saludable sentido de lo religioso, lejos de posturas tanto extremistas como anticlericales. El deseo de creer en Dios es hermoso, pero no solo vivifica lo más profundo del hombre. Además derrama sentimientos de fraternidad y solidaridad en beneficio de toda la humanidad. La religión ya no se circunscribe al ámbito estrictamente privado: de nosotros depende ahora en el devenir cotidiano lo que suceda en nuestro entorno. ¿Existe tarea más atractiva y de mayor interés público?


[1] Küng, H.; “Empresa global y ethos global” en Concilium, Revista Internacional de Teología (Religión y religiones: en busca de valores universales), n.º 292, septiembre de 2001