El hombre que conocía el infinito

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CINEFORUM DE VALORES (VII TEMPORADA, 32.ª SESIÓN)

 

 “El hombre que conocía el infinito”

 

22 de octubre de 2017 a las 18:00 horas

 

FICHA TÉCNICA   

 

Dirección: Matt Brown. Guión: Matt Brown, basado en la obra homónima de Robert Kanigel (1991). Duración: 114 mins. País: Reino Unido. Año: 2015.

 

SINOPSIS 

Contemplamos la trayectoria vital y científica del matemático indio Srinivasa Ramanujan (1887-1920), nacido en el seno de una familia humilde en la India colonial británica. Aunque trabaja como contable en una oficina de correos de Madrás, se trata de un autodidacta apasionado de las matemáticas, carente de formación académica reglada y con tendencia al solipsismo. Dotado de capacidades asombrosas y decidido a consolidar sus conocimientos, contacta por carta con un brillante y excéntrico profesor de teorías matemáticas, el inglés G. H. Hardy (1877-1947). Gracias a su intercesión Ramanujan logra ser admitido durante la I Guerra Mundial en la Universidad de Cambridge, auténtico templo de la élite universitaria británica. Tendrá que dejar atrás a su familia y a su prometida para viajar a la metrópoli y cumplir su sueño. 

Convencido de la excelencia del matemático indio y por encima de sus condiciones sociales, económicas y culturales, Hardy asumirá su tutela y se convertirá en su mentor durante cinco años. Pese al escepticismo, las actitudes racistas y los prejuicios de clase propios de la época, Hardy vislumbra la brillantez de su pupilo y persevera hasta conseguir el reconocimiento que merece, incluido su ingreso en la “Royal Society” de Londres y en el claustro del “Trinity College”. Entre las  importantes contribuciones de Ramanujan al análisis matemático, inspiradoras de posteriores investigaciones, destacan las relativas al análisis matemático, la teoría de los números, las series y las fracciones continuas. Consiguió desarrollar nuevos teoremas y redescubrir otros ya conocidos, compilando 3.900 resultados, la mayoría de ellos identidades y ecuaciones. Hoy destaca como uno de los matemáticos más sobresalientes del siglo XX y su legado queda patente en la historia de las matemáticas y de la India, donde el 22 de diciembre, día de su nacimiento, se celebra el “Día Nacional de las Matemáticas”.

 

FE Y MATEMÁTICAS 

La película comienza con una afirmación de Bertrand Russell: “Las matemáticas, bien vistas, no solo poseen la verdad sino una belleza suprema”. No es un mero ejercicio de retórica intrascendente, tratándose del gran filósofo inglés para quien Dios es producto de la imaginación del hombre. En este sentido nos plantea el dilema del conflicto entre el conocimiento científico (en concreto el matemático) y la existencia de Dios y, en caso de ser compatibles, si aquél puede erigirse en vía de acceso a éste. 

La relación entre profesor y discípulo trasciende lo meramente profesional y académico, extendiéndose a lo personal y lo trascendente. En efecto, por un lado surge una trabazón cimentada en la amistad que ayuda a crecer personal e intelectualmente a ambos personajes, más allá de sus obvias diferencias. 

Pero en lo más hondo de la conciencia íntima y espiritual surge el conflicto entre ambos colosos. Hardy, meticulosamente racional, pretende imponer al alumno sus propias reglas rectoras del quehacer investigador: nada podrá ser publicado a menos que se pueda demostrar. En el fondo su personalidad seca y ruda trasluce un profundo desencantamiento ateo respecto del mundo, que disfraza bajo una metodología científica fría, rigurosa, metódica y calculadora, imbuida del positivismo de principios del siglo XX. 

Por el contrario Ramanujan es un fervoroso creyente hindú, piadoso, ascético, vegetariano y de salud muy delicada. Superando el ambiente hostil que halla en Inglaterra, siente pasión por los números, cuya belleza lo subyugan y en los que también encuentra a Dios. No cree en las demostraciones científicas y, ante la pregunta incrédula de Hardy sobre el descubrimiento de las fórmulas, Ramanujan responde que sus teorías matemáticas son inspiradas directamente en sueños por Namagiri, la diosa hindú protectora de su familia. 

A su juicio su tarea no consiste en inventar sino en descubrir una maravilla perenne, arrojando luz sobre una realidad que únicamente ha permanecido oculta a nuestros ojos. Su fe profunda le lleva a reconocer que todo lo que nos rodea, incluso las ecuaciones matemáticas, son obra de Dios. Una vez justificada la maravillosa conexión de la creación con los números, teñidos ambos de divinidad, es preciso permanecer en contacto con ésta, “leit motiv” de toda actividad humana y también de la investigadora: “Una ecuación para mí no tiene sentido, a menos que represente un pensamiento de Dios”. Misticismo y matemáticas se abrazan, pues, en perfecta concordia. 

Para un ateo convencido como Hardy estas explicaciones carentes de rigor científico resultan inútiles. Sin embargo, sabe que se encuentra ante un portento poco convencional. No puede evitar contagiarse de la emotividad apasionada de su pupilo por las matemáticas. Reconoce algo extraordinario en esa armonía de los números objeto de estudio por parte de Ramanujan. Así lo expresará cuando defienda su nombramiento como miembro de la “Royal Society” de Londres: "Somos simples exploradores del infinito a la búsqueda de la perfección absoluta. No inventamos estas fórmulas sino que existen, permaneciendo a la espera de mentes más brillantes, como la de Ramanujan, para ser descubiertas y demostradas". Ante tan selecto e ilustre auditorio el profesor Hardy acabará cediendo hasta admitir la posibilidad de reflexionar sobre la existencia de Dios. Más aún, al final de sus días hubo de confesarse vencido por la personalidad arrolladora de nuestro protagonista: "el conocimiento de Ramanujan fue el único incidente romántico en mi vida". 

¿Acaso esta revelación divina de las fórmulas matemáticas, que defiende el matemático indio, es incompatible con el recto ejercicio de la razón? Obviamente no, en la medida en que ésta última puede (y quizá debe) ser impulsada por la intuición, la creatividad, el ingenio y la destreza. Al fin y al cabo todas las facultades humanas resultan esencialmente hermanadas en la búsqueda del conocimiento, de la belleza y de la verdad. 

 

Valorar lo que nos rodea como obra de Dios y dar gracias por ello no se opone a una ordenación del universo conforme a leyes físicas. De la misma manera que es razonable reconocer que hay realidades intangibles tan sólidas y existentes como aquéllas que percibimos a través de nuestros sentidos. En la misma Biblia se pone de relieve el gran misterio que entrañan los números, con alabanzas a Dios: “Todo lo has creado con medida, número y peso” (Sabiduría 11,21). Estamos invitados, por tanto, a dejarnos seducir por el mismo asombro que experimentan quienes investigan los números y sus relaciones. La traducción del mundo en términos matemáticos puede ser también un instrumento para advertir el genio creador de Dios impreso en el mundo.