Dios salva como pueblo

Comisión nº 2: Iglesia, pueblo y catequesis

Dios salva como pueblo

Panelista: Pbro. Enrique Bianchi

1. Introducción: Brochero y los Congresos:

La idea de esta intervención es motivarnos para dejarnos interpelar por la renovación que propone Francisco. Alguien que interpelaba enérgicamente con su testimonio era el Cura Brochero. A principios del siglo XX se organizaba en Buenos Aires un Congreso para afrontar los desafíos evangelizadores de los nuevos tiempos. Se enviaron cartas a muchos párrocos para escuchar sus opiniones. Según parece, una de las respuestas más comentada en el Congreso fue la de Brochero. Entre otras cosas, tenía palabras como éstas: 

“Eso de los Congresos… ¡Hum!... No creo que sean ellos los que van a reformar el mundo. En ellos, por lo general, se siembran a manos llenas las mejores ideas y más lindas palabras, y, total, ¡nada entre dos platos! Cuando llega el momento de recoger los proyectos, votos y resoluciones la obra práctica transformando las palabras en hechos, el globo de las intenciones se desinfla y de su bulto no queda ni la sombra.

Así les sucedió una ocasión a los cangrejos que llegaron a percatarse de lo desairado y ridículo que resulta el que, mientras todos los animales marchan hacia delante, sólo ellos caminan para atrás. Resolvieron reunirse, como ustedes, en Congreso, parar imponer a todos los de especie un cambio inmediato de actitud. Se discutió largamente el punto, se sancionaron leyes penales para los cangrejos jóvenes que desde aquel mismo día – el de la promulgación – no caminasen para adelante. Con los viejos se adoptó un temperamento de tolerancia. Finalmente, como todo acá abajo tiene que terminar, terminó también el congreso; y los cangrejos, empezando por los más ancianos, emprendieron la retirada caminando como sabían, esto es, para atrás. Influenciados por el ejemplo o porque tampoco podían hacerlo de otra manera, los cangrejos chicos hicieron otro tanto. Caminaron para atrás y así no más siguen caminando”. [1]

2. Dejarnos interpelar en serio

No queremos que nos pase como los cangrejos. Queremos dejarnos interpelar en serio por la palabra profética de Francisco. El verbo interpelar etimológicamente viene del verbo péllere, que significa empujar, poner en movimiento. Queremos dejarnos empujar, ponernos en movimiento en serio por la propuesta de Francisco. El Papa quiere sacudirnos la modorra que nos lleva a una pastoral de autopreservación. Es la tentación permanente de toda institución: vivir para sí, no para su misión. Alguna vez alguien decía irónicamente: “las instituciones nacen para transmitir una experiencia y luego la ahogan”. Aparecida y Evangelii Gaudium (EG) nos previenen sobre la tentación del “siempre se hizo así”.[2] Queremos hacer el esfuerzo de rechazar el gatopardismo (cambiar algo para que nada cambie). 

3. ¿Hacia dónde nos quiere mover Francisco?

El Papa para expresar su deseo de cambio no teme hablar de Reforma. ¿Qué tipo de reforma? Una reforma misionera. Una conversión pastoral. Es muy inspirador EG 27:

“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad.”

Todo tiene que ser misionero. Todas nuestras estructuras tienen que existir, no para auto sustentarse, sino para ser un cauce para el anuncio de la misericordia de Dios.

4. Aspectos básicos de esa conversión pastoral

En Evangelii Gaudium Francisco nos presenta su reforma. En esta intervención y para que sirva de disparador de ulteriores reflexiones tomamos sólo dos aspectos de esta propuesta:

1. Un oído en Dios:Confianza en la acción de Dios (Dios salva).

2. Un oído en el pueblo: Pensar en clave de “totalidad”. (Dios quiere que todos se salven (1Tim 2,4). El sujeto de la evangelización es todo el pueblo de Dios).

4.1 Un oído en Dios.

Tener la actitud mística de saber que es Dios es el que evangeliza. Creer en la acción de Dios. Nuestra acción es instrumental, secundaria. Dios cuenta con ella, pero el que actúa es Él. Dios hace la salvación.

“Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender. Jesús es «el primero y el más grande evangelizador». En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu. […] Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo” (Evangelii Gaudium 12).

Esto tiene que darnos fuerza. Saber que Él hace. Esa convicción nos hace magnánimos, soñar grandes cosas, sin miedo, creer en su promesa. Y nos hace humildes, la obra es de Él, somos siervos inútiles). Más adelante agrega:

“La salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia. No hay acciones humanas, por más buenas que sean, que nos hagan merecer un don tan grande. Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí […] La Iglesia, a través de sus acciones evangelizadoras, colabora como instrumento de la gracia divina que actúa incesantemente más allá de toda posible supervisión […] El principio de la primacía de la gracia debe ser un faro que alumbre permanentemente nuestras reflexiones sobre la evangelización” (Evangelii Gaudium 112).

Todo es gracia. Aceptar que lo que pasa nos supera, se nos escapa. No caer en la tentación de ser “controladores” de la gracia. La tentación de la “aduana pastoral”:

“A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”. (EG 47)

Hay un misterio en la acción de Dios en nuestro pueblo. Acercarnos con actitud contemplativa, con los pies descalzos.

No aferrarnos a seguridades supuestas doctrinales que nos paralizan. No ser como los amigos de Job, que dan más valor a las construcciones doctrinales que tienen en la cabeza que a lo que ven en el sufrimiento de su amigo.

“Es una supuesta seguridad doc­trinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evan­gelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verda­deramente” (EG 94).

4.2 Un oído en el pueblo.

Dios quiere que todos se salven (1Tim 2,4). El sujeto de la evangelización es todo el pueblo de Dios. ¿Cómo salva Dios? Dios salva como pueblo[3]:

“Esta salvación, que realiza Dios y anuncia gozosamente la Iglesia, es para todos […] Ha elegido convocarlos como pueblo y no como seres aislados. Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana. Este pueblo que Dios se ha elegido y convocado es la Iglesia. Jesús no dice a los Apóstoles que formen un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: «Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos» (Mt 28,19)” (EG 113)

El hombre es un ser social por naturaleza (Tarzán no existe). Dios nos ve como pueblo. Todo el pueblo de Dios es sujeto de la evangelización (EG 111). Todos somos protagonistas, sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización donde los protagonistas sean solo los “actores calificados” y el resto sean receptores pasivos:

“En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús” (EG 120)

­­­El pueblo es una realidad histórico-cultural: su vida está enmarcada en un proceso histórico y caracterizada por una cultura:

“Se trata del estilo de vida que tiene una sociedad determinada, del modo propio que tienen sus miembros de relacionarse entre sí, con las demás criaturas y con Dios. Así entendida, la cultura abarca la totalidad de la vida de un pueblo. Cada pueblo, en su devenir histórico, desarrolla su propia cultura con legítima autonomía (EG 115)

Si la cultura es parte esencial del ser humano. Así como la gracia supone la naturaleza puede decirse que “la gracia supone la cultura”:

“El ser humano está siempre culturalmente situado: «naturaleza y cultura se hallan unidas estrechísimamente». La gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe” (EG 115).

Al derramar la salvación sobre los pueblos, Dios no suprime sus culturas. Más bien las tiene en cuenta y las transforma en vehículo de la respuesta del hombre a su llamada. Dios da la gracia y cada pueblo “traduce en su vida el don de Dios según su genio propio” (EG 122). En cada pueblo el Evangelio florece de diversas maneras.

El cristianismo no es monocultural. El cristianismo tiene tantos rostros como culturas en las que se ha encarnado. No aplicar acríticamente “recetas pastorales” que vienen de afuera:

“No podemos pretender que los pueblos de todos los continentes, al expresar la fe cristiana, imiten los modos que encontraron los pueblos europeos en un determinado momento de la historia, porque la fe no puede encerrarse dentro de los confines de la comprensión y de la expresión de una cultura. Es indiscutible que una sola cultura no agota el misterio de la redención de Cristo” (EG 118).

Conclusión

La idea de esta presentación es que sirva para “disparar” reflexiones. Abrirnos juntos a la escucha. Pensar juntos la catequesis para este tiempo. Los dos aspectos que señalamos de la propuesta de Francisco pueden ayudarnos.

1. Contemplar con mirada creyente la acción de Dios en nuestro pueblo. Auscultar la acción misteriosa de Dios. Redemptoris Missio decía que la actitud misionera parte de “una profunda estima de lo que en el hombre había”. El catequizando no es una tabula rasa. Su historia con Dios no empieza con nosotros. Nosotros no salvamos. Dios es el que salva. Respetar por amor ese misterio.

2. Dios salva como pueblo. Romper la mirada de gueto, elitista, de iniciados. El “pocos pero buenos” no es evangélico. “Dios quiere que todos se salven” (1Tim). Dios ama a cada uno, personalmente, pero a cada persona la ve en un pueblo. Dios salva como pueblo. Y cada pueblo tiene su camino por el que Dios lo va llevando. La gracia supone la cultura. Nuestras comunidades no son un Mc Donald, una franquicia que hay que reproducir en todos lados igual. Cada pueblo tiene su cultura y va a vivir la fe según esa cultura. Tenemos el desafío de pensar una catequesis según el modo cultural de nuestro pueblo y no de repetir acríticamente recetas de otros ambientes.



[1]CEA, El cura Brochero. Cartas y sermones, 1999, p. 827-828.

[2]EG 33: “La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así»”.

[3]Cf. LG cap. I