El Vaticano II adoptó la reconciliación

El Vaticano II adoptó la reconciliación como orientación fundamental, extendiéndola a las relaciones con los no creyentes.

Al terminar el Concilio Vaticano II, en diciembre de 1965, los católicos estaban convencidos de que algo de suma importancia había sucedido. De inmediato sintieron su impacto en los cambios en la liturgia: ahora la misa se celebraba en el idioma local, el sacerdote estaba de cara a la asamblea y la primera parte de la ceremonia, “la liturgia de la palabra”, adquiría nueva importancia. Cinco años antes, estos cambios habrían sido inconcebibles.

Pero había mucho más. Por primera vez en la historia se estimulaba a los católicos a mantener relaciones de amistad con cristianos no católicos, e incluso a orar con ellos. La Iglesia anunciaba su disposición a entablar un diálogo formal con otras iglesias y a revisar doctrinas que durante siglos la habían separado, tanto de ortodoxos como de protestantes. Rompiendo con una muy larga tradición, el Concilio declaraba el principio de la libertad religiosa y, al hacerlo, reiteraba que las decisiones morales debían basarse en la fidelidad a la propia conciencia. En respuesta a la enorme huella dejada por el Holocausto, repudiaba categóricamente el antisemitismo.

Aunque estos cambios tuvieron su propia importancia, ninguno, ya fuera de manera individual o colectiva, reflejó el sentido predominante en la época de que algo más se estaba desarrollando, un acontecimiento que se apreciaba apenas parcialmente. La aportación del Concilio no solo incluía, también trascendía cada una de sus realizaciones.

Uno de sus temas fue el acercamiento, o reconciliación. ¿Cómo iba la Iglesia a tratar ciertas realidades que durante larguísimos años había considerado un anatema? ¿Podía y debía buscar la reconciliación con ellos? El papa Juan XXIII planteó el problema al Concilio el 11 de octubre de 1962, en su inauguración, en su memorable discurso a los obispos reunidos en San Pedro. Trató allí de dar a los padres conciliares una orientación. Tomó distancia de la actitud de desprecio y sospecha ante “el mundo”, como si todo lo moderno fuese malo, actitud que había dominado el pensamiento católico oficial durante más de un siglo. El Concilio, según el Papa, no debía solamente cruzarse de brazos y deplorar lo que andaba mal, sino que tenía que comprometerse con el mundo y tratar de trabajar en conjunto para lograr resultados positivos. En términos generales, debería “usar la medicina de la compasión en vez de aquella de la severidad” al tratar con las personas; debería alejarse lo más posible del lenguaje de la condena.

John W. O’Malley

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