La mujer en el judaismo de la epoca

La mujer en el judaismo de la época

 

Nos acercamos a la figura de la mujer en el judaismo desde una

doble vertiente que, por otra parte, tiene una estrecha relación entre

sí: su condición social y religiosa.

 

 

Condición social

La posición de la mujer en la sociedad judía tiene que ver directamente

con el ámbito familiar. El respeto y aprecio del que goza depende

del número de hijos -especialmente varones- y de la capacidad

para llevar bien la casa. Su marido se dedica a ella y los hijos le

deben obediencia y respeto, lo mismo que al padre. Tradicionalmente

el destino natural y originario de la mujer es la maternidad, lo

que hace que el mandato de reproducción vaya dirigido al hombre, y

no a la mujer. En cambio, como en todo el Antiguo Oriente, la esterilidad

se imputa a la mujer; más aún, según el derecho tradicional,

puede ser motivo de divorcio si al cabo de diez años no tiene hijos.

Las obligaciones de las mujeres consisten en el cuidado de los hijos

menores, la educación de las hijas para su futura misión como

esposas y madres, la administración de la casa y la fiel observancia

de las respectivas prescripciones rituales. El marido hace elogio de

la buena ama de casa y los sabios la exaltaban (Prov 31,10-31).

El matrimonio para el mundo judío, sin llegar a ser un sacramento,

es un contrato que pasa de lo meramente profano a la esfera de

lo sagrado; de hecho, el acto que establece el vínculo conyugal se

denomina "santificación". Los letrados aconsejaban conceder a las

muchachas en matrimonio desde la edad de doce años, y casar a

los muchachos a la edad de dieciocho; la edad de veinte años se

consideraba límite extremo. El adulterio se considera de especial

gravedad y está castigado con la lapidación de la mujer, mientras

que el varón no incurre en falta si mantiene relaciones con otras

mujeres fuera de su esposa (esclavas o prostitutas). En caso de que

el marido quiera divorciarse de su mujer por haber encontrado en

ella "algo desagradable", debe entregarle un "libelo de repudio",

documento que permite a la mujer volver a casarse; por otra parte,

la mujer, según la Ley judía, no podía solicitar el divorcio.

La mujer siempre es "menor de edad"; si es joven está sujeta a la

autoridad del padre, y si está casada, a la del marido, a quien llama

"señor". El contrato de matrimonio ofrece la posibilidad de llegar

a acuerdos favorables a la mujer, en cuanto su derecho a los

bienes, aunque, por lo general, la administración y usufructo del

capital corresponde al marido, y ante una herencia no puede here-

dar del marido ni tampoco de su padre, excepto en ausencia de un

heredero masculino.

La costumbre manda que en la medida de lo posible, la mujer no

se muestre excesivamente en público. Para el hombre, el trato con

mujeres se considera si no como posible, sí al menos como aparente

ocasión de pecado, por eso hay que restringirlo a lo absolutamente

indispensable.

Condición religiosa

La mujer judía no puede ser sacerdote ni desempeñar otras funciones

del culto -como cantar, limpiar, preparar ofrendas- que están

reservadas a los varones levitas. Su presencia en el Templo de Jerusalén

se limita al "atrio de las mujeres", situándose sólo por delante

de los paganos. Lo mismo pasa en la sinagoga, donde ocupa un

lugar distinto de los hombres. Para la oración es imprescindible

que haya al menos diez varones mayores de edad; de otra forma,

aunque haya un nutrido número de mujeres, no puede comenzar.

En el antiguo Israel sí que tenemos constancia de mujeres profetisas:

Miriam (Éx 15,20s), Débora (Jue 4,4), etc.

La Ley contempla una serie de consideraciones rituales en las

que entra en juego la dialéctica de lo puro-impuro y que afectan al

mundo femenino. Tanto la menstruación (Lv 15,19-30) como el

parto condicionan toda una serie de precauciones y prescripciones.

Por el parto la madre queda impura treinta días si es niño y cuarenta

y dos si es niña. Pasados estos días, la mujer piadosa ofrece

un sacrificio en el Templo (Lv 12,2-6; Le 2,22-24).

La responsabilidad religiosa sobre la mujer incumbe al padre, o

al marido. Los votos de la mujer debe revalidarlos el marido, el cual

puede también invalidarlos (Nm 30,4-17). Sólo el hombre está obligado

a una plena observancia de la Toráh. En la bendición matutina

el hombre da gracias a Dios por no haberlo creado pagano, ni

mujer, ni esclavo.

En este contexto social y religioso vive María, desposada con José,

en un pueblecito de Galilea, Nazaret, sometida a las prescripciones

religiosas y sociales del judaismo del siglo primero.

María e Isabel inauguran los nuevos tiempos

En este contexto de marginación o de exclusión a la que están

sometidas las mujeres, sobresalen con más fuerza aún si cabe las

dos figuras femeninas tal como nos las presenta el evangelista

Lucas.

La escena es sólo de mujeres. Ellas son las que han esperado,

las que han creído (recordemos que Zacarías duda) y las que se

funden en un abrazo que en realidad es el abrazo de los dos tiempos

salvíficos, el que está gritando su consumación y el que la rea-

liza. Juan y Jesús saltan de alegría en el vientre de sus madres al

encontrarse y saludarse.

La historia de la salvación en el evangelio de Lucas pasa por la

entrega total e incondicional de María a la Palabra de Dios. Lejos de

ocupar un papel secundario, de mera comparsa, María es protagonista,

es mujer que dice sí, que arriesga, que se fía, que acepta que

Dios entre en su vida y la transforme y la cambie totalmente.