MARIA, UNA MUJER JUDIA

María - Una Mujer Judía del Primer Siglo

 

A diferencia de su esposo José, tenemos bastante información sobre esta mujer enigmática.

 

 

 Pero tristemente, cuando estudiamos la historia de María, a menudo es difícil separar la verdad de la ficción. En este estudio esperamos analizar cuidadosamente las varias enseñanzas y tradiciones respecto a su vida, trataremos de desenmascarar el mito y quizás finalmente conoceremos la realidad. 

 

Es muy lamentable que gran parte de la enseñanza eclesiástica sobre María haya sido divorciada de su correspondiente contexto histórico, cultural y bíblico, creando una imagen divina de ella y robándole su humanidad, que fue esencial para que Dios pudiera lograr Sus propósitos por medio de ella. Tanto María como su hijo Yeshúa (Jesús) han sido distanciados de su judaísmo, produciendo una Iglesia sin raíces que ha maltratado al pueblo judío por casi dos milenios. Dejando la doctrina eclesiástica a un lado, si hemos de comprender a María y su lugar en los planes de Dios, debemos comenzar con un fundamento bíblico y una comprensión genuina del mundo hebraico en el cual ella vivía.

 

Una Posición Respetada

 

Para visualizar cómo era la vida diaria de María, debemos primero aclarar algo respecto a la posición de la mujer dentro del judaísmo tradicional. Esa posición no era tan mala como muchos usualmente la imaginan. De hecho, en muchas maneras, la posición de la mujer dentro de la ley judía durante tiempos bíblicos era mejor que la de la mujer bajo la ley civil norteamericana durante el siglo pasado. Esas antiguas mujeres tenían el derecho de comprar, vender, poseer propiedades y realizar contratos legales, lo que no tenían las mujeres en países occidentales hasta principios o mediados del siglo 20.

 

Desde tiempos bíblicos, muchas mujeres judías se ubicaban al mismo nivel de su contraparte masculina en situaciones de fiesta o hambruna, paz o guerra, tranquilidad o persecución. Miriam, por ejemplo, es reconocida como co-libertadora de su hermano Moisés. Ester escogió arriesgar su propia vida para salvar a su pueblo de la aniquilación. Rut, aunque fue una simple conversa al Dios de Israel, es una de las personas más respetadas en toda la Biblia. Siete de los 55 profetas bíblicos eran mujeres, y una de ellas, Hulda, jugó un papel muy excepcional en la historia judía (2 Reyes 22:14 en adelante). Débora fue una sabia jueza, valiente líder y feroz defensora de Israel (Jueces 4-5).

 

La tradición judía siempre ha otorgado respeto a la mujer como parte de su cultura étnica. El judaísmo enseña que ambos hombre y mujer fueron creados a la imagen de Dios. Por lo tanto, las mujeres deberían ser tratadas como iguales.  Aunque Adán fue creado primero, no hay indicación en la Torá de que por ser primero fuese mejor. Las obligaciones y responsabilidades eran diferentes, pero no menos importantes. Incluso, en algunas instancias, el impacto de las mujeres era de mayor magnitud en la comunidad que el de los hombres.

 

Guardadoras del Hogar

 

Las mujeres eran vistas como guardadoras del hogar y de suprema importancia en la familia judía, rol que nunca debe ser subestimado. Desde tiempos más remotos, el hogar fue visto como centro de la vida religiosa. Fue reconocido como la piedra fundamental de la sociedad y, por lo tanto, la crianza de los niños como miembros de la comunidad representaba la suprema responsabilidad en su pacto con Dios. La Torá y los maestros de Israel aclaran que Dios quería que el hogar fuese un lugar de amor y tranquilidad, donde los hijos pudieran aprender a conocerlo y amarlo. La santidad del hogar nunca debería profanarse con violencia, impaciencia, hipocresía ni falta de respeto.

 

Debido a ese énfasis en la santidad del hogar, el pueblo judío pudo moverse con relativa facilidad desde el Templo hasta el mikdash me'at ("pequeño santuario") luego de que fuera destruido en 70 d.C. y el pueblo dispersado a través de todo el mundo. Los ritos de adoración en el Templo, que de otra manera hubieran desaparecido, se trasladaron al hogar. El hogar, por lo tanto, llegó a ser reverenciado por el pueblo de Dios y reconocido como el pegamento que mantenía unido al pueblo, a pesar de estar disperso.

 

La oración, el estudio de la Torá y el cuidado de las necesidades comunitarias, que siempre fueron parte de la vida familiar judía, luego se convirtieron en responsabilidad única del hogar. La mesa de comer tomó el lugar del altar. Aunque nunca se había visto como un simple mobiliario de comer, sino como también un instrumento espiritual dedicado al servicio de Dios, la mesa como "altar sagrado" tomó mayor significado aún. Allí cantaban alabanzas, el padre instruía a la familia con palabras de la Torá, celebraban las fiestas bíblicas y se inculcaban los valores religiosos del amor de Dios y el respecto hacia los semejantes.

 

Aunque María probablemente no vivió para ver la destrucción del Templo, ni los cambios consecuentes dentro del judaísmo, su vida como mujer y madre dentro del hogar compartido con José y su familia debió haber aportado a la transición de la adoración desde el Templo hasta el hogar.

 

Colaboradoras Espirituales

 

La sinagoga era parte integral de la vida judía varios siglos antes de que María llegase a ser guardadora espiritual de su hogar. Tradicionalmente, ese papel ha sido visto como responsabilidad del hombre, y algunos han enseñado equivocadamente que la mujer no podía participar en ese rol, ni era permitida realizar ciertas tareas de la ley, o mitzvot, requeridas de los hombres.

 

La verdad, sin embargo, es todo lo opuesto, y el principio bíblico que lo fundamenta se encuentra en la historia de la creación en Génesis 2. Aquí vemos que Dios removió un "costado" de Adán y "formó" a Eva. La palabra hebrea baná significa "construir." Dios tomó el lado femenino de Adán para "construir" a Eva. Esa palabra proviene de la raíz biná, que se refiere a la inteligencia y el conocimiento intuitivo de Dios. En otras palabras, eruditos judíos dicen que la mujer recibió una medida adicional de biná, y que la Torá ilustra a la mujer como superior al hombre en el mundo espiritual, con mayor fe y poder de discernimiento que su compañero masculino. Como resultado, es necesario que los hombres participen en ciertas actividades religiosas, mientras que las mujeres son eximidas de ello, pero no excluidas. Los hombres tienen que hacerlo, pero las mujeres sólo lo hacen cuando deseen hacerlo.

 

Los sabios religiosos dicen que la historia del pueblo judío comprueba dicha teoría. Sara, Rebeca, Raquel y Lea fueron superiores a los patriarcas en aspectos de la profecía y el entendimiento espiritual. Sus acciones fueron a veces poco convencionales, pero siempre fueron impulsadas por la biná, y de esa manera fueron instrumentales en la formación de la nación judía. Más aún, ellos dicen que las mujeres no participaron en la idolatría del becerro de oro, y tuvieron que ser obligadas a contribuir su oro para la elaboración del ídolo (ver Éxodo 32:2). Los rabinos también enseñan que el Mesías vendrá debido a la justicia de las mujeres de Israel.

 

Estudiantes de la Torá

 

Por lo tanto, vemos que el mundo en que vivió María no era tan hostil hacia las mujeres como algunos lo han sugerido. Recientes estudios indican que las niñas durante tiempos del segundo Templo también podrían haber aprendido a leer y escribir, y posiblemente hasta estudiar la Torá. Inclusive, algunos rabinos creen que la educación de las mujeres podría haber comenzado mucho antes de ese período, citando a las hijas de Zelofehad como ejemplos de mujeres que eran muy versadas en la Ley. En Números 27, esas mujeres se acercaron a Moisés en la entrada del Tabernáculo donde se reunía con los ancianos de las tribus para enseñar al pueblo y juzgar las disputas. Ellas defendieron allí el caso de herencia para las mujeres. Luego de presentarlo delante del Señor, Moisés declaró que ellas tenían razón en lo que decían, y su petición no sólo les fue otorgada, sino que también el dictamen se convirtió en parte de la mitzvot que gobernaría al pueblo de Israel de allí en adelante.

 

Los sabios han determinado que ésta es una de las dos ocasiones en la historia de la Torá que una mitzvá se dictamina por medio de alguien aparte de Moisés. A consecuencia, esas hermanas son consideradas como las mujeres más sabias y justas de toda la Biblia. El tratado Bava Batra del Talmud (comentario rabínico sobre las Escrituras Hebreas) dice: "Las hijas de Zelofehad eran sabias mujeres, exegetas y virtuosas." Claramente, el Talmud dice que esas mujeres siguieron la línea de razonamiento basado en los principios y la ley de la Torá, y llegaron a la determinación apropiada. Su petición se convirtió en un argumento legal e invariable resolución. Eso no pudiera haber ocurrido, ellos razonan, si las hijas hubiesen sido ignorantes y faltas de educación respecto al sistema legal que Moisés enseñaba al pueblo judío.

 

Si María llegase a estudiar la Torá, no lo sabemos, pero de seguro ella pasaría sus primeros años aprendiendo de su madre, y quizás también de su abuela. Aprendería cómo vivir según el Pacto de su pueblo hecho con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, relación que era tan importante para ella como para cualquier persona entre los Hijos de Israel. Ciertamente su respuesta a Elizabet en Lucas 1:46-55 revela el corazón de una verdadera discípula, reflejando las palabras de Moisés y David que la precedieron.

 

María, la Niña

 

De seguro, sabemos que María fue entrenada en los quehaceres del hogar, y reconocería que su influencia familiar tendría implicaciones eternas para la relación de todo el pueblo judío con su Dios. Aunque la vida para una mujer del 1er siglo era físicamente difícil en muchas maneras, la historia nos dice que ese era un pueblo de alegría y entusiasmo, y que la vida de María debió estar repleta de risa y amor. Su respuesta al ángel Gabriel refleja una joven, quizás de 13 años, quien estaba muy familiarizada con su Dios y acostumbrada a ser obediente y fiel.

 

En la comunidad judía del 1er siglo, la belleza física era tan importante para las jóvenes como en la actualidad. Sin embargo, a diferencia del énfasis en la simple apariencia externa, la verdadera belleza estaba intrínsecamente relacionada con la mujer interna. María sabría que era imposible ser verdaderamente atractiva sin un corazón puro y una paz interior que proviene de la cercanía con Dios.

 

La arqueología nos demuestra que la mujer en aquellos tiempos trataba de mejorar el aspecto físico que Dios le había dado. La belleza era importante aún para la menos adinerada. Excavaciones por todo Israel han revelado muchos artículos cosméticos, como sombra para los ojos, cajitas de talco y envases de perfume. Peinetas talladas y redecillas decorativas también eran comunes, y las mujeres de ese período son muy famosas por su amor a las prendas. María debió haber servido a Dios con gozo, y una de sus metas en la vida debió ser una mujer según Proverbios 31. Desearía tener belleza tanto interna como externa para cuando se encontrara al hombre que Dios le había escogido como compañero vitalicio.

 

La conexión de María con su comunidad también debió ser fuerte, reconociendo que sus acciones como mujer, esposa y madre no eran asuntos privados. La comunidad ejercería gran control sobre ella, pero a la vez, ella dependería de la comunidad para su apoyo, sostén y bendición. Marvin Wilson, en su libro Our Father Abraham [Nuestro Padre Abraham], señala que esa relación es recalcada por medio de la palabra mishpajá. Dicha palabra implica la familia extendida, a menudo incluyendo abuelos, tías, tíos, primos y más. La fuerza y el ánimo recibido por parte de la mishpajá y la comunidad extendida era una de las características que aportaban a la sobrevivencia judía.

 

Quienes educaron a María tendrían que asegurar que ella comprendía que el matrimonio y la relación sexual eran dádivas buenas de Dios. La Torá enseña que Dios creó al hombre y la mujer a Su imagen, y declara que todo lo que hizo era "muy bueno." María aprendería que el matrimonio es tan importante que aún sobrepasa el estudio de la Torá, incluso para el joven esposo. Los rabinos decretaron que si las procesiones de boda o de enterramiento se encontraban en la calle a la misma vez, la procesión de boda debería pasar primero. El matrimonio era estimado a tal extremo dentro de la tradición judía que, según explica Wilson, no existe una palabra en hebreo para "soltero."

 

María, la Novia

 

A través de las generaciones, han habido especulaciones sobre si María y José realmente hubiesen tenido una celebración de boda; y si lo tuvieron, ¿cuándo fue? Es importante comprender que en ese tiempo, el matrimonio judío ocurría en dos etapas. La primera, llamada kidushin, consistía en el momento del compromiso. En ese evento se debieron haber reunido las amistades y los vecinos para ser testigos de cuando José iría a donde el padre de María para formalizar el compromiso, y la pareja luego lo sellaría con una copa. De allí en adelante, la pareja se consideraría casada en el sentido ritual, y se llamarían esposo y esposa. Esa etapa requería absoluta fidelidad, y sólo se podría disolver dicho acuerdo por medio de un divorcio legal.

 

La segunda etapa, llamada nisuin, era acompañada por una celebración de una semana de duración, y el matrimonio se consumaba en una habitación especial del novio a donde éste llevaba a su novia, conocida como jupá en antiguo hebreo. Aunque a menudo esa reunión implicaba la consumación física, sólo era requerido que ellos estuviesen "a solas" un rato. Ya que las leyes del kidushin (compromiso) evitaban que la pareja estuviese totalmente a solas sin por lo menos un chaperón, este primer encuentro era algo muy importante. Una vez que se terminaba el proceso de la segunda etapa, la pareja quedaba totalmente casada y responsable delante del estado, incluyendo en su cumplimiento de las regulaciones gubernamentales de distribución propietaria e impuestos.

 

Aunque algunas traducciones del Nuevo Testamento dicen que María estaba "comprometida" con José mientras se dirigían hacia Belén (Lucas 2:5), no es probable que ella lo hubiera acompañado si no estuviese totalmente casada con él. Ella no tendría la obligación de hacerlo, y dado su estado de embarazo tan adelantado, se hubiera preferido quedar atrás para dar a luz con la ayuda de su madre.

 

Probablemente, tan pronto el compromiso hubiese sido anunciado a la comunidad, José regresaría a su hogar y comenzaría a hacer los preparativos para la boda a celebrarse el año siguiente. Prepararía sus terrenos para el cultivo, sembraría las semillas y construiría una habitación adicional a la casa de su padre para recibir a María. Tendría que dedicar toda su atención de manera ordenada a satisfacer las necesidades de su nueva esposa.

 

Su entusiasmo para la boda se debió haber marchitado terriblemente cuando, durante ese tiempo de preparación, recibió la noticia del embarazo de María. ¡Cuán devastador debió haber sido! Uno sólo puede imaginar la agonía del corazón de José mientras buscaba el rostro de Dios para determinar qué medida tomar en tan desastrosa y horrenda situación. A la misma vez, cuán difícil sería para María revelar ese potencialmente mortal secreto a José. Ya que su compromiso era tan legal como el propio matrimonio, José tenía pocas alternativas. Pero Dios le presentó a José una alternativa para salvar la vida de María y cambiar el futuro de la humanidad para siempre: "José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer…" (Mat. 1:20).

 

Como el Nuevo Testamento no nos aclara nada al respecto, no tenemos seguridad sobre el tipo de boda que harían María y José, pero sí sabemos que la celebración nupcial involucraría a toda la comunidad. No se enviaban invitaciones individuales, sino que se consideraba casi una mitzvá, u obligación sagrada, que todo el pueblo asistiera a la boda. Todos tenían que comentar sobre la radiante belleza de la novia y añadir gozo a la fiesta. El Talmud dedica varios pasajes a este tema, incluyendo una larga discusión sobre el tipo de baile que se debería hacer. De hecho, la costumbre de romper una copa se hace para traer un momento de sobriedad a la usualmente gozosa fiesta.

 

Si la novia era muy pobre, y no podía comprar su ropa ni sufragar los gastos de la celebración, la comunidad tendría que suplir lo que ella necesitaba. No conocemos la situación financiera del padre de María, pero sí sabemos que ella era parte de la vivaz comunidad judía del 1er siglo que hubiera ayudado a la nueva familia en su boda.

 

Mientras José se dedicaba a los preparativos para recibir a su novia, María esperaría por él con paciencia. Ella tendría que preparar su vestido de boda, y las damas solteras la atenderían, incluso tendrían preparadas las lámparas para recibir al novio, si éste llegase de noche. Por fin, el padre de José supervisaría la obra de su hijo, y le daría el visto bueno para buscar a su novia en casa de sus padres.

 

María y las vírgenes escucharían el sonido de José y la procesión mientras se acercaban por la calle. Rápidamente María se cubriría con su velo y sería escoltada hasta la calle para encontrarse con su novio. En medio de mucha risa y algarabía, la compañía se dirigiría a la casa de José, donde ya la fiesta estaría en progreso. Luego de su tiempo a solas, María y José se unirían a la celebración, y por siete días compartirían su alegría con la mishpajá. Solamente en el silencio de la noche, María tendría la oportunidad de compartir con José el increíble mensaje que le dio el ángel, preguntándose con asombro lo que significaría eso para sus vidas.

 

María, la Mujer

 

Pero, ¿y qué de la persona de María como mujer? La Escritura nos dice muy poco sobre su vida personal, y nos preguntamos sobre esta joven que fue seleccionada para dar a luz a Yeshúa, un milagro y privilegio que ninguna otra persona en la humanidad hubiese experimentado. Ella misma admite no haberlo comprendido, pero con gran humildad de corazón lo aceptó y adoró a Dios. "Aquí tienes a la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra" (Lucas 1:38). María fue ejemplo vivo de una plena obediencia, obviamente viviendo para complacer a Dios y no a sí misma. Su rasgo distintivo fue su fe inquebrantable en el Señor.

 

María también fue una mujer de gran valentía. Ella enfrentó pruebas y peligros como nadie antes o después de ella. Su inesperado embarazo le pudo haber provocado la muerte, mientras que el tener que explicar este sorpresivo asunto a José y a sus padres tiene que haber sido terriblemente intimidante. Ciertamente ellos estarían incrédulos y se sentirían muy decepcionados con ella. Aún cuando ella revelaría la verdad a José, el texto bíblico no nos dice si otras personas de su comunidad lo aceptarían o no. Quizás la joven pareja tuvo que soportar el chisme y juiciosas miradas de quienes no eran convencidos de su fidelidad. El viaje de cinco a seis días desde Nazaret a Belén cuando estaba a punto de parir también requeriría de enorme valentía, como también el propio parto lejos de su casa y de su familia extendida. Poco después de ser madre por primera vez, huyeron a Egipto, y se encontró como refugiada política en un país extranjero, nuevamente requiriendo de enorme valentía y fe.

 

Yo me imagino que Dios escogería a María porque era una persona de extraordinaria fuerza y obediencia, una mujer que podría soportar el enorme sufrimiento de ser madre del Mesías, según creemos los cristianos. Ella lo criaría en los caminos de la Torá, lo amaría como toda madre judía ama apasionadamente a sus hijos, le enseñaría a vivir según el pacto con Dios, y lo animaría a vivir como miembro de la mishpajá judía. Y a medida que "Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres" (Luc. 2:52), continuaría  cumpliendo su rol tan crítico.

 

Ella se mantuvo junto a su hijo a través de toda Su vida, y también luego de Su muerte y resurrección. Ella estuvo con Sus discípulos en el Aposento cuando experimentaron el próximo gran don de Dios a Su nuevo cuerpo de creyentes. A lo largo de Su vida, ella disfrutó la hermosa alegría de ser madre, pero también soportó inimaginable dolor al ver que su hijo era odiado, injuriado y crucificado. Sólo una convicción personal en la justicia de Dios y en Su amor por Su pueblo podría haber sido traducido en obediencia inquebrantable y en la fuerza que dominó a esta asombrosa mujer. Quizás su vida podría resumirse en la propia instrucción que dio a los sirvientes en Caná: "Hagan todo lo que Él les diga" (Juan 2:5).

 

Por Cheryl Hauer

Directora de Desarrollo Internacional