Acoger la Palabra

Acoger la Palabra

 

Ante las páginas de la Sagrada Biblia, mucha gente reacciona

diciendo: "no saco nada de provecho, no sé cómo interpretar, me

cuesta mucho entender lo que quiere decir".

No cabe duda de que

hay un problema serio en esa relación entre los creyentes y la Palabra

de vida. Parece como si estuviéramos avanzando por un hermoso

sendero, y de repente desapareciera el camino o tropezáramos con

un muro infranqueable. ¿Cómo hacer un poco de luz en el tema?

 

La Biblia es apasionante, pero no siempre es fácil. Hay obstáculos

reales que provienen de los mismos escritos bíblicos, del desconocimiento

de las circunstancias de aquel tiempo y también del mismo

lenguaje empleado: hay términos y giros propios de épocas muy diferentes

a la nuestra. Pero, atención, ¿no puede ocurrir a veces que

algunas dificultades dependan de nosotros mismos, de nuestras

actitudes? A éstas especialmente queremos referirnos aquí.

Tres pasos incompletos

- Cada página de la Biblia es como un conocido con quien nos

tropezamos en la calle; se trata de una persona extraordinaria que

podría llegar a ser amiga de verdad. Pero si le decimos "¡Hola! ¿Qué

tal?" y no prestamos atención a su respuesta, si seguimos adelante

sin detenernos, ¿qué amistad podrá crecer entre los dos? Ése es

uno de los problemas mayores para quien se cruza con la Palabra

de Dios: rozar levemente su superficie y pasar a la ligera, sin entrar

en su contenido. Apenas le dedicamos un poco de tiempo, y con un

mínimo de interés. No rompemos la cascara y, por eso mismo, nos

resulta imposible saborear el fruto.

 

- Otras veces le dedicamos tiempo y esfuerzo, pero aquello que

leemos lo consideramos como cosa del pasado; es decir, algo digno

de ser recordado como "historia sagrada", y que nos hace exclamar:

¡qué bonito!... Pero no lo sentimos como algo actual y personal, como

algo que merezca situarse todos los días en el horizonte vital de

nuestro aquí y ahora.

 

- Por fin, damos un paso más. Nos acercamos a la Palabra sintiéndola

como algo que toca nuestra propia piel y que nos afecta.

Como algo que es conveniente para nuestra experiencia de vida, y

por eso mismo intentamos apropiárnoslo. Lo vemos necesario y

procuramos guardarlo celosamente. Si lo hacemos así, ya hemos

conseguido mucho. Pero falta un último paso que es definitivo.

 

Los pasos necesarios

 

Primero: es necesario interiorizar la Palabra de Dios que llega a

nosotros. Se requiere esfuerzo y perseverancia activa en la búsqueda

constante; pero se hace aún más imprescindible el dejarse conducir

por ella. La Palabra nos sale al encuentro; hay que gastar con

ella mucho tiempo gratuito, como se hace con los amigos. Y aunque

habrá cosas que no lleguemos a entender por completo, siempre

podremos "guardarlas en el corazón", como María, esperando

tiempos mejores para la comprensión más profunda.

 

Segundo: no basta con interiorizarla; es necesario también hacerla

presente, actualizarla. Cuando la Palabra de Dios es acogida en el

corazón, más tarde o más temprano nos damos cuenta de que es

actual; que lo que sucedió en el pasado también puede ocurrir en el

presente. Y aunque nos preguntemos a veces, como los israelitas en

el desierto, "¿Está o no está Dios entre nosotros?" (Éx 17,7), poco a

poco iremos descubriendo que también nosotros podemos decir lo

que Jesús en la sinagoga de Nazaret: "Hoy se cumple esta Palabra

que acabáis de escuchar" (Le 4,21).

 

Tercero: el gran obstáculo con el que nos encontramos es que en

nuestros días se relativiza todo; y, como consecuencia, crece la inhibición

de quienes hemos sido iluminados por esa Palabra que desea

ser luz del mundo. Por eso, es urgente unlversalizarla; es decir, ofrecer

a los demás "lo que nosotros hemos oído, lo que hemos visto, lo

que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca de la

Palabra de vida" (1 J n 1,1). Es necesario potenciar la conciencia de

ser enviados/misioneros, y ponerse en camino para llevar esa Buena

Noticia a los demás; necesitamos abrir las manos para poder

compartir la alegría del tesoro descubierto y de la perla encontrada

(cf. Mt 13,44-46).

 

Peregrinos, con María de Nazaret, al encuentro de la Palabra

Para poder dar esos pasos, superando cada uno de los obstáculos,

es conveniente que profundicemos siempre un poco más en el camino

recorrido por María de Nazaret. Ella hizo realidad lo que estamos

llamados a vivir hoy, sin excepción, todos los discípulos de Jesús.

También a nosotros se nos dirige la Palabra que libera y salva. Está

al alcance de todos. No hace falta subir hasta el cielo, ni ir a buscarla

más allá del mar. "La Palabra está bien cerca de ti, está en tu boca

y en tu corazón para que la pongas en práctica" (Dt 30,14).