María en nuestra fe

Hay cristianos que se acercan hoy a la palabra "dogma" con un

poco de recelo porque les suena a rigidez, a vida disecada, a expresiones

que fueron formuladas en otras épocas y que hoy no se acaban

de comprender bien. Pero si echamos una mirada a otros ámbitos

de la vida, nos damos cuenta de que es una necesidad y una

realidad humana fijar en ciertas fórmulas los conocimientos que se

van adquiriendo. Por ejemplo, en matemáticas, encontramos fórmulas

fijas, aceptadas por todos, que recogen mucho tiempo de investigación

y trabajo (recuerda el principio de Arquímedes). Esto pasa

también en otras ciencias, en las leyes, en la filosofía, incluso en el

juego. Gracias a estas fórmulas sintetizamos el saber y lo aprendemos

con más facilidad.

Lo mismo ocurre en la vida de fe. La Iglesia, mientras va viviendo

su fe, la va expresando en ciertas fórmulas doctrinales, denominadas

dogmas, que son precisas y claras para las personas que viven en esa

época concreta. Después es necesario crecer en la comprensión de

esas palabras y mensajes (DV, 8), para que las fórmulas no suenen a

vida disecada y continúen manifestando la vitalidad de los creyentes

en Jesucristo. Para expresar esa fe y crecer en su comprensión, la

Iglesia cuenta con la ayuda imprescindible del Espíritu Santo.

 

¿Qué es un dogma?

La palabra "dogma" se aplica hoy día a las verdades definidas

por el Papa o un Concilio Ecuménico como pertenecientes a la fe de

la Iglesia. Un dogma recoge en fórmulas fijas la fe de toda la Iglesia,

el sentir del Pueblo de Dios, para que se conserve la verdad revelada

 

De hecho, la mayoría de los dogmas han surgido para corregir

herejías, en tiempos en que alguna verdad de la doctrina cristiana

corría el riesgo de perderse o adulterarse.

 

Los dogmas moríanos

 

No todos los dogmas tienen la misma importancia: algunos se

refieren al núcleo del ser cristiano, y otros a verdades más periféricas.

Es importante tener esto en cuenta al hablar de los dogmas

marianos. No hay que olvidar que nuestra fe está centrada en

Jesucristo y que María nos ayuda a comprender en profundidad el

Misterio de Cristo. Esta realidad aparece en nuestra forma de

expresarnos: decimos, por ejemplo, que Jesús es Redentor y ella

Corredentora, cooperadora en la obra de la Redención que llevó a

cabo su Hijo. Sin embargo, no olvidamos su singularidad y los privilegios

únicos de María, pero todo ello en conexión con Cristo y

con la Iglesia.

El primer dogma que se proclamó relativo a María fue el de la

maternidad divina de María. Fue declarado en Éfeso el año 431, en

una época llena de discusiones y errores en torno a algunos aspectos

de la persona de Cristo: unos negaban la divinidad de Jesús,

otros su verdadera humanidad, y otros la unión de dos naturalezas,

la divina y la humana, en una sola persona, la de Jesucristo.

Todos éstos, además, rechazaban que María fuera Madre de Dios.

Fue entonces cuando se convocó un Concilio Ecuménico en Éfeso.

Los asistentes reflexionaron lo que se decía sobre el tema en la

Sagrada Escritura, estudiaron lo que habían enseñado los Santos

Padres de la Iglesia, y recogieron el sentir del pueblo que invocaba

a María como Theotokos, palabra griega que significa "Madre de

Dios". Y junto a la verdadera divinidad y humanidad de Cristo, proclamaron

Madre de Dios a la Santa Virgen María.

Con el correr del tiempo, la Iglesia quiso recoger la alabanza que

el Pueblo de Dios tributaba a María proclamando dos dogmas que

tienen su base en el destino irrepetible de su maternidad. Estos dos

dogmas son: la Inmaculada Concepción que defiende, como privilegio

de Dios, la plenitud de gracia en María, formulado en 1854. El

otro dogma es la Asunción de María, promulgado en 1950 y que proclama

que ella, toda su persona, ya goza de la Vida junto a su Hijo.

El dogma de la maternidad divina de María da sentido y hace

comprensible todo lo que la teología afirma sobre ella. Si María es

Inmaculada, fue para realizar mejor su vocación de Madre de Dios,

en palabras del Concilio Vaticano II, "para abrazar de todo corazón

y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvíflca de

Dios" (LG, 56). Si es Virgen fue para consagrarse "totalmente como

esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo" (LG, 56). Si

está glorificada fue "con el fin de que se asemejase de forma más

plena a su Hijo, vencedor del pecado y de la muerte" (LG, 59).

Ella que, además de engendrar a Cristo, supo ser la primera discípula

y la esclava, es ahora, desde los Cielos, Reina, Madre, Modelo

e Intercesora de toda la Iglesia que peregrina esperando el

momento en que Cristo será todo en todos.