María, Madre de Dios

 

El relato   (Le 2,11-20) está situado dentro de los

llamados Evangelios de la Infancia (Le 1-2), que vienen a ser como

una obertura donde se anticipan los grandes temas que se desarrollarán

luego a lo largo de todo el evangelio.

Los primeros versículos de este relato (Le 2,1-5) describen las

circunstancias en las que se produjo el nacimiento de Jesús. Como

consecuencia de un edicto de empadronamiento ordenado por el

emperador romano Augusto, un ciudadano de Galilea llamado José

tuvo que trasladarse con su esposa desde Nazaret hasta Belén,

pues ésta era la ciudad de sus antepasados. Desde el punto de vista

histórico, no existen documentos en los que conste que Augusto

ordenara un censo de todos los habitantes del Imperio, ni de que

éstos necesitasen ir a empadronarse en su ciudad de origen. En

cambio, tenemos noticia de algunos censos de población destinados

a los habitantes de una determinada provincia.

 

En la época en que nació Jesús, Palestina formaba parte de la

provincia de Siria, gobernada por Quirino. La suprema autoridad

del Imperio era Augusto. Lucas, en cambio, sugiere mediante su

narración que quien maneja los hilos de la historia no es el poder

del emperador, sino la voluntad divina. Augusto es sólo un instrumento

en sus manos, alguien que, sin saberlo, está haciendo posible

que se cumpla con toda exactitud el plan de Dios.

Las circunstancias más bien modestas que acompañan al nacimiento

de Jesús contrastan con la majestuosidad y el prestigio del

emperador, que era aclamado por el Imperio entero como su salvador.

El reinado de Augusto (27 a.C-14 d.C.) fue considerado por

muchos como una era de paz. Lucas muestra que los acontecimientos

verdaderamente decisivos para la salvación no tienen lugar en

Roma, centro del poder imperial, sino en un lugar perdido y arrinconado

del Imperio. El verdadero artífice de la paz no es Augusto, sino

un pequeño niño nacido en Belén.

Belén, la ciudad donde había nacido el rey David, era entonces

un insignificante pueblo situado a ocho kilómetros de Jerusalén. El

alumbramiento de Jesús en este lugar tiene resonancias muy particulares

para los hijos de Israel, pero adquiere también una dimensión

universal al estar vinculado a un censo de población que implicaba

a todos los subditos del emperador. El niño que va a nacer no

será sólo el Mesías de los judíos, sino el Salvador de todos los hombres.

El relato del nacimiento propiamente dicho ocupa sólo dos

versículos (Le 2,6-7). Del niño se señala simplemente que era el

"primogénito" de su madre. Con ello no se quiere decir que la familia

tuviese más hijos después de él. Lo importante es recordarnos

que, por ser el primero, al recién nacido le corresponden una serie

de derechos fundamentales recogidos en la Ley de Moisés.

La expresión "lo envolvió en pañales" puede referirse al hecho de

fajar al niño a la usanza de la época. La frase describe primorosamente

la solicitud maternal de María y nos recuerda la condición

humana de Jesús (Sab 7,3-5). Algunos intérpretes han visto ya aquí

un anticipo del sudario que cubrirá el cuerpo de Jesús en su sepultura.

Ya hemos dicho antes que, de una manera más o menos velada,

los evangelios de la infancia adelantan algunos de los temas fundamentales

que se desarrollarán más tarde. Con la frase "lo acostó

en un pesebre" se evoca el lugar donde se produjo el nacimiento: el

establo o lugar destinado a los animales. La razón es que "no había

sitio para ellos en la posada", es decir, en el lugar donde normalmente

se hospedan las personas. Con ello se adelanta de alguna manera

el rechazo que sufrirá Jesús por parte de su propio pueblo. Sobre el

pesebre de Belén se proyecta ya la sombra de la cruz.

 

Después de la breve descripción del nacimiento del niño, Lucas

narra la manifestación o anuncio público de esta "gran alegría" (Le

2,8-12). Curiosamente, los primeros en recibir el anuncio del nacimiento

del Mesías no son las autoridades políticas o religiosas del

pueblo de Israel, sino los pastores. De este modo Lucas muestra

que el mensaje de la salvación tiene unos destinatarios privilegiados:

los pobres y los humildes; los desheredados y los más postergados

de la sociedad; los olvidados..., los últimos. Este anuncio se

proclama por medio de una aparición celeste en la que, con toda

naturalidad, dialogan los hombres y los ángeles. Es la manera de

hablar de la Biblia, que en muchos otros lugares se sirve de escenas

de este tipo cuando un mensaje de Dios ha de ser escuchado

por los seres humanos. El esquema es siempre el mismo y los elementos

se repiten. A la aparición de los ángeles se sucede el miedo

de los pastores. Viene luego el mensaje celeste, que siempre incluye

las palabras "no temáis", y una señal que certifica la veracidad de lo

que se dice y es como la garantía de que lo anunciado se cumplirá.

El ángel del Señor, que personifica la majestuosidad y la brillantez

de la presencia de Dios, comunica una buena noticia. Toda la escena

está envuelta en una atmósfera de alegría. Una alegría que debe

comunicarse y expansionarse porque es "para todo el pueblo". Una

alegría que, en el lenguaje de Lucas, nos recuerda que está amaneciendo

la nueva era mesiánica. La era de la salvación. El núcleo del

mensaje es sencillo. Según el plan de Dios, acaba de nacer un niño

que será el Salvador de la humanidad, el Mesías, el Señor. El resto

del evangelio se encargará de mostrar el alcance real de estos títulos,

aplicados a Jesús ya desde el momento de su nacimiento.

Al terminar el anuncio a los pastores, una legión del ejército

celestial se une al mensajero, y todos a coro entonan un himno de

alabanza (Le 2,13-14): "¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra

paz a los hombres que gozan de su amor!". Al oír al coro celeste, el

lector se siente invitado a proclamar la gloria de Dios, porque el

nacimiento de ese niño trae consigo una gran efusión de paz sobre

todos los predilectos del Señor.

El mensaje celeste provoca una serie de reacciones en cadena:

primero la de los pastores (Le 2,15-17), luego la de los que escuchan

el testimonio de éstos (Le 2,18) y finalmente la de María (Le 2,19).

Para comprobar la veracidad del mensaje, los pastores van a

toda prisa a ver lo que ha pasado y encuentran al niño en el pesebre

acompañado de María y de José. Ellos son presentados como

ejemplo de fe sencilla y abierta porque creen espontáneamente en

el mensaje que se les ha transmitido. La experiencia de los pastores

es comunicativa. Cuando se divulga lo sucedido, se va extendiendo

una reacción de sorpresa y de maravilla entre quienes se enteran,

através de ellos, de un hecho tan extraordinario. María, en cambio,

se repliega hacia su interior. Guarda sus experiencias y las medita

en su espíritu. Se esfuerza por comprender el significado profundo

de lo que ha vivido y de lo que le han contado los pastores. Ella

también necesitó su tiempo para comprender la verdadera identidad

de su hijo. Su actitud ante los acontecimientos, su meditación

interior, corresponden a su personalidad de creyente y de esclava

del Señor. Ella es la que "escucha la Palabra de Dios y la pone en

práctica" (Le 8,21).

El episodio acaba con el regreso de los pastores. El silencio de la

noche queda roto por sus alabanzas. En ellas resuena un eco lejano

del cántico de los mensajeros. Lo que han visto y oído corresponde

a lo que les habían dicho.