La revolución de Dios (Magnificat)

 

 

 

La revolución de Dios (Magnificat)

 

 

Dispersó a los de corazón soberbio. Derribó de sus tronos a los poderosos

y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los

ricos despidió sin nada.

A lo largo de la historia estos versos del "Magníficat" han sido

objeto de muy diversas interpretaciones. Hay quien se ha acercado

a ellos en clave espiritualista; otros, mucho más comprometidos con

el vivir de los hombres, nos han hablado de la "revolución de Dios".

Para los Padres de la Iglesia y los primeros teólogos, los "soberbios y

poderosos" eran los demonios, los sabios griegos, los judíos incrédulos

o los fariseos de tiempos de Jesús. Más recientemente, a los

cristianos de las comunidades eclesiales de base en Latinoamérica

este mismo himno les habla del derribo de los dictadores y de los

grandes poseedores de este mundo, y proclama el nuevo poder de

los sin-poder que triunfa sobre la violencia de los poderosos.

Intentando leer estos versículos en el conjunto de la Escritura

encontraremos luz para acercarnos un poco a su sentido más

genuino.

Para poner arriba a los que están abajo,

para que se salven los que están hundidos

El tema de la inversión de situaciones recorre todo el Antiguo

Testamento. En sus páginas leemos esta revolución como expresión

del poder de un Dios que "empobrece y enriquece, humilla y exalta,

levanta del polvo al miserable y al pobre del estiércol" (1 Sm 2,7-8),

que "humilla a los soberbios y salva a los humildes" (Job 22,29).

El Antiguo Testamento nos habla de un Dios que tiene delante a

los orgullosos y los ricos, y que triunfa destruyendo todo lo que

aliena al hombre; un Dios que mira con bondad y levanta de su

postración al pobre de bienes y rico en miseria (Eclo 11,12). Este

Dios se manifestará cuando llegue el Mesías, salvador de los oprimidos:

"Me ha enviado para dar la buena nueva a los pobres, para

curar los corazones desgarrados, y anunciar la liberación a los

cautivos, a los prisioneros la libertad" (Is 61,1).

Hay últimos que serán primeros

Las parábolas de Jesús recogen frecuentemente esta antigua

tradición: el hijo pródigo o la oración del fariseo y el publicano son

ejemplo de ello. Algunos otros textos insisten con fuerza en esta

enseñanza sobre el servicio y en lo que es realmente apreciado por

Dios: "Entre vosotros, el más importante ha de ser como el menor,

y el que manda como el que sirve" (Le 22,26), "hay últimos que

serán primeros, y primeros que serán últimos" (Le 13,30), "porque

el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado"

(Le 14,11).

También Pablo expresa esto mismo de manera extraordinaria en

el himno de Flp 2,6-11, donde describe la paradoja de la potencia

de Dios en la debilidad de la cruz: Cristo Jesús se despoja de su

grandeza, toma la condición de esclavo y se humilla hasta la

muerte. Pablo dará a esta actuación de Dios el valor de una Ley

constante para los hombres: "Al contrario, Dios ha escogido lo que

el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido

lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes; ha

escogido lo vil, lo despreciable, lo que es nada a los ojos del mundo

para anular a quienes creen que son algo" (1 Cor 1,27-28).

En la Nueva Alianza, la inversión de situaciones efectuada por

Dios ha perdido el carácter espectacular que tenía en tiempos del

Éxodo. A menudo se trata de fenómenos escondidos que solamente

pueden descubrirse a la luz de la fe, y que encuentran su punto

culminante en la Encarnación del Hijo y en su exaltación a la

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derecha del Padre. Por la acción del Espíritu, estos vuelcos divinos

se efectúan sin violencia, en el fondo de los corazones, aunque no

por eso dejen de tener una fuerte repercusión en la historia.

Los pobres, bastante numerosos en la comunidad primitiva,

viven una condición económica ligada a actitudes interiores. La

pobreza incluye un aspecto de disponibilidad interior y de esperanza

en Dios (María, Simeón, Isabel, etc.). El binomio orgullohumildad

alude a una actitud de corazón. Unida a la humildad, la

pobreza adquiere un significado que la relaciona con las normas

morales y con actitudes espirituales.

Una actualización para nuestro tiempo

El Señor continúa actuando. Ésta es una buena noticia en el

presente y para el futuro. Al establecer su Reino, Cristo consuela

desde ahora al pobre y al afligido. Sus gestos históricos son signos

actuales y anticipos de la plena victoria sobre el mal y la pobreza.

Además, desde la promesa del Señor, "el que cree en mí, hará también

las obras que yo hago, e incluso otras mayores" (Jn 14,12),

confiamos en que las obras más grandes se realizarán todavía en

el Espíritu por medio de los creyentes. Estas obras son el milagro

del amor fraterno, "con hechos y de verdad" (1 J n 3,18).

El "Magníficat" es una llamada a la acción. Interpretado y completado

con otros textos del Nuevo Testamento, nos indica un objetivo

en nuestra vida, y nos fuerza a contemplar la historia en una perspectiva

de fe. El poder es sustituido por el servicio en la nueva Ley de

Cristo. Las antiguas categorías de poder pierden su significado, y se

realiza un vuelco de la situación en favor de los que nada pueden.

Tenemos, pues, que rechazar una interpretación exclusivamente

espiritualista, que edulcora los versículos 51-53, y también una

interpretación exclusivamente secularizada, que transforma el

"Magníficat" en un canto revolucionario. El cántico se orienta hacia

Dios, pero un Dios que, a su vez, se orienta hacia los hombres, un

Dios que prefiere a los pobres y a los oprimidos de la tierra.