Magnificat

MAGNIFICAT

Vamos a intentar penetrar en el canto de María. Dicho poema,

conocido tradicionalmente con el nombre latino de "Magníficat", se

encuentra situado en la narración del encuentro de dos madres,

María e Isabel, que es en realidad el encuentro de los dos hijos,

Juan el Bautista y Jesús (Le 1,39-56). Se trata de un salmo de

acción de gracias compuesto de citas y alusiones al Antiguo Testamento.

Existe una estrecha relación entre este cántico y el pronunciado

por Ana (1 Sm 2,1-10). En ambos casos, una mujer proclama

solemnemente la gran intervención de Dios, al escogerla para ser

madre de una figura decisiva en la realización de su plan salvífico.

El poema comienza con una breve Introducción (Le l,46b-47) en

la que María estalla en acción de gracias y reconoce la grandeza de

Dios como fuente de todas las bendiciones que se derraman sobre

ella: "Proclama mi alma la grandeza del Señor". "Mi alma" equivale

a "mi persona". Continúa el canto diciendo: "se alegra mi espíritu

en Dios mi Salvador". No se indica límite en el tiempo para esta

alegría. Se destaca el júbilo, el gozo immenso de María, la alegría

con la que contempla a Dios. Es la primera vez que aparece en

Lucas el título de Salvador, que cobrará gran importancia a lo largo

de su evangelio. Se crea una atmósfera de "alegría" que caracterizará,

en las narraciones de la infancia, a los que perciben el surgir

de una nueva era, inaugurada por la actuación de Dios en

Jesucristo. Irrumpe la alegría de la plenitud de los tiempos.

Podemos dividir el poema en dos partes. La primera es una

acción de gracias personal de María (Le 1,48-50) y la segunda contiene

el agradecimiento del pueblo de Israel (Le 1,51-53). La primera

parte comienza dándonos la verdadera razón de la alabanza de

María, "porque ha mirado la humillación de su esclava" (Le 1,48).

La que será la madre de Dios se ha autopresentado en Le 1,38

como "esclava" y su "humillación" es expresión de su pequenez.

María confiesa que no son sus méritos los que la hacen madre del

Mesías; y, por eso, proclama que Dios es grande. María continúa

exclamando: "Desde ahora me felicitarán todas la generaciones"

(Le 1,48). La madre del Señor es proclamada dichosa, bienaventurada,

es especialmente exaltada como primer modelo de quienes

van a aceptar, en la fe, la personalidad de su Hijo. "Porque el poderoso

ha hecho obras grandes por mí" (Le 1,49) recuerda la actuación

de Dios en María, que la hace Madre del Señor, y se relaciona

con las hazañas históricas de Dios en favor de su pueblo (cf. Dt

11,7; Jue 2,7). Rememora de alguna manera el Éxodo y la Alianza

del Sinaí. Concluye esta primera parte del canto con las palabras

de María: "su misericordia llega a sus fieles" (Le 1,50). "Fieles" significa

los que le respetan; no se trata de "miedo" sino de "fidelidad".

La misericordia inagotable de Dios para los que le respetan

es un lugar común del pensamiento israelita. Ahora María atestigua

esa verdad en un sentido más personal. El ángel le había

dicho que no tuviera miedo (Le 1,30) y que el reino sobre el que iba

a reinar su hijo no tendría fin (Le 1,33), de modo que la nueva

alianza en Jesús es un ejemplo de la misericordia de Dios de generación

en generación.

En la segunda parte del poema los motivos de alabanza no son ya

tanto los del orante sino los del grupo de los pobres. "Él hace proezas

con su brazo" (Le 1,51). El "brazo" de Dios es símbolo de su

fuerza y de su poder; el "brazo" de Dios cambia, e incluso invierte,

las situaciones humanas. "Derriba del trono a los poderosos y enaltece

a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los

ricos los despide vacíos" (Le 1,52-53). Lucas nos muestra en este

canto un tema de su predilección: Dios se apiada de los pobres (Le

6,20-26; 16,19-25). En realidad no hay aquí sólo una alabanza a los

pobres, de los que María es representante, sino una concepción utópica

de la historia en la que la misericordia de Dios y la fuerza de su

brazo se dirigen a derribar a los ricos y soberbios y a levantar a los

pobres y humildes. Los que cuentan ante los ojos de Dios son los

que pasan desapercibidos para los poderes de este mundo.

El cántico concluye con los versículos 54 y 55. Con la expresión

"auxilia a Israel su siervo" resuena el tema del siervo del Señor (Is

41,8-9). Los pobres, cuya voz recoge el cuerpo del himno, se identifican

con el resto de Israel. La salvación realizada en Jesús es el

acto definitivo por el que Dios cumple su alianza con Israel, la última

manifestación de su misericordia para con el siervo, su pueblo.

"Acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros

padres." Estos versos nos recuerdan lo que anunció Miqueas

(Miq 7,20): "Así manifestarás tu fidelidad a Jacob y tu amor a

Abrahán, como lo prometiste a nuestros antepasados, desde los

días de antaño". En la conclusión del himno confluyen todas las

líneas de la promesa: la patriarcal (cf. Gn 17,7; 18,8; 22,17) y la

davídica(2Sm7,ll-16).