Bendita tu entre las mujeres..

Lc 1, 39-45

 

Si buscamos el marco de este breve texto, conocido como la Visitación,

descubrimos el paralelismo que Lucas establece continuamente

entre Jesús y Juan. Después del prólogo (Le 1,1-4) con el

que inicia su relato, el evangelista dibuja un tríptico: en un primer

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cuadro narra el anuncio del nacimiento de ambos (Le 1,5-56); en

una segunda tabla pinta el nacimiento de Juan y a continuación el

de Jesús (1,57-2,52); en el tercer lienzo, la primera actividad de

ambos (Le 3,1-4,13). Lucas propone en esta doble presentación el

paso del Antiguo al Nuevo Testamento, del tiempo de la promesa al

tiempo del cumplimiento, y el carácter definitivo de Jesús y su

misión sobre el de Juan. Para Lucas, en Jesús se cumplen las promesas

de salvación que Dios había hecho al pueblo de Israel y con

Él se inaugura un tiempo nuevo.

El pueblo fiel de Israel ha esperado con impaciencia la llegada del

Mesías abrigando y madurando antiguas promesas. Los antiguos

profetas (Isaías, Ezequiel, Zacarías) han ido marcando el camino,

invitando al pueblo a que pusiera su esperanza en la intervención

de Dios. Isabel es la personificación de todo un pueblo creyente que

espera. María es el seno que engendra la promesa de Dios. La Visitación

es el encuentro de dos madres (Isabel y María), de dos hijos

(Juan y Jesús) y de dos tiempos en la historia de la salvación, el

tiempo de la esperanza y el del cumplimiento.

Los varones están desplazados de la escena. En los primeros versículos

del capítulo aparece Zacarías, sacerdote recto a los ojos de

Dios, que sin embargo desconfía del anuncio del ángel, pide garantías

para creer que va a ser padre (Le 1,18.20); la desconfianza le

acarrea la mudez temporal. Zacarías pertenece todavía al Antiguo

Testamento, no tiene capacidad de contemplar lo nuevo, mientras

que María es la mujer que inaugura los nuevos tiempos. Son dos

actitudes distintas frente al ángel que anuncia: María acepta sin

reservas que se cumpla en ella la Palabra de Dios (Le 1,38) mientras

que Zacarías duda (Le 1,18).

Las protagonistas de la Visitación son dos primas, Isabel y

María. Isabel, la esposa de Zacarías, se sitúa en línea con todas las

mujeres estériles del Antiguo Testamento que después de un largo

tiempo de espera son agraciadas por Dios. Recordemos a Sara, la

mujer de Abrahán (Gn 17,15; 18,11-14; 21,1-4), la madre de Sansón

(Jue 13,2-5.24), la madre de Samuel (1 Sm 1,5.19-20). En ellas

se hace visible la acción de Dios que con su mano lleva adelante la

historia y nos sorprende una y otra vez.

María se pone en marcha "por aquellos días", es decir, poco después

de la Anunciación (Le 1,26-38). El Ángel Gabriel anuncia a

María que su prima Isabel está encinta. María se pone en camino

con presteza, es la actitud de la mujer que no espera a que le llamen

cuando hay una necesidad, sino que sale al encuentro para

ver en qué puede ayudar. El viaje entre Nazaret y la ciudad de Judá

de la que habla el texto supone cuatro días de camino atravesando

las montañas. El texto no aporta nada más, pero según una anti-

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gua tradición se trataría de la actual ciudad de Ain Karem, situada

a unos siete kilómetros al oeste de Jerusalén.

La acción pasa a Isabel, que prorrumpirá en una bendición y en

una bienaventuranza. El saludo de María, que lleva al Mesías en su

seno, alcanza a Isabel y, a través de su madre, al precursor del

Mesías, a Juan. El niño salta de alegría en su seno. El movimiento

natural del niño se convierte en signo del gozo que suscita el

encuentro de los dos niños, de los dos tiempos, el de la promesa y

el del cumplimiento. Las palabras que brotan de la boca de Isabel

son fruto del Espíritu Santo que ha descendido sobre ella y le ha

dado a conocer el misterio de María (Le 1,41). Isabel, constituida

profetisa del tiempo que se inaugura, recoge y confirma el saludo

del ángel Gabriel proclamando la bendición de Dios a María y al

fruto de sus entrañas: "bendita tú entre las mujeres y bendito el

fruto de tu vientre" (Le 1,42). Desde antiguo Dios ha bendecido

abundantemente a su pueblo. Es la bendición descendente, en la

que toda la humanidad se beneñcia de la acción misericordiosa de

Dios. Bendice a Abrahán y en él a toda la humanidad "en ti bendeciré

a todos los pueblos de la tierra" (Gn 12,3), bendice a David y a

toda su casa con un reinado perpetuo (2 Sm 7,16.29). En la plenitud

de la historia, María es bendecida y en ella se inaugura el nuevo

tiempo mesiánico, el tiempo de Cristo, fruto de su vientre. En la

joven María se bendice a Dios, bendición ascendente, porque derrama

su bondad con nosotros. La vida del creyente se torna así en

bendición continua a Dios.

Isabel sigue reaccionando con una exclamación de extrañeza "¿de

dónde a mí esto?" entremezclada con una profesión de fe: "la madre

de mi Señor". Juan inaugura su misión anunciando por boca de su

madre el señorío de Jesús. Isabel confirma en una segunda frase

(comparar Le 1,41 con Le 1,44) que, como consecuencia del saludo

de María, es la alegría la que hace saltar al niño en el vientre de Isabel.

El tiempo de salvación es tiempo de alegría.

La intervención de Isabel concluye con una bienaventuranza:

"Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá lo que el Señor te ha

prometido" (Le 1,45). María es proclamada bienaventurada no por

participar de los bienes o de los poderes de este mundo sino por su fe

limpia y acogedora de la palabra del ángel y porque ha creído sin

poner reservas a Dios, porque la promesa de Dios se cumplirá en ella.